×

Mensaje

Este sitio web utiliza 'cookies' para ofrecerle una mejor experiencia de navegación.

Ver documentos de la Directiva e-Privacy

Ha rechazado el uso de cookies. ¿Desea reconsiderar su decisión?

Ganaderías

Atrás

 

PROEMIO

Tan luego como los primitivos pobladores de distintas zonas, compelidos por la apremiante ley de la necesidad, establecieron relaciones normales y diferentes con las varias especies bovinas que ocupaban sus territorios, desde la cacería a la reducción a grey(1), el fecundante principio de la utilidad, aguijón incesante del progreso humano, hubo de sugerir amplios y seguros medios de organizar las batidas de reses salvajes en condiciones propicias para su mejor éxito y mayor lucro; facilitando asimismo el fomento de la ganadería brava en consonancia con los fines de cada región, preindicada al caso por su topografía particular y peculiares costumbres, y dedicando la raza sumisa que los latinos llamaban bos, a los servicios más convenientes de la agricultura, la industria y el tráfico. Y como este fenómeno es consecuente y preciso en todas las instituciones humanas, de las fundamentales y comunes a las singulares y especialísimas, y lo propio resulta en todo un sistema social que en el accidente más pequeño de los que ofrecen en su conjunto el cuadro de la vida pública, en los países donde la naturaleza produjo razas taurinas encontraremos siempre el fruto de las conexiones primarias del hombre con esta especie animal en su transición de la necesidad que los acerca y enlaza a la utilidad, que abre dilatado espacio a todo género de resultas de estas primeras relaciones.

 España ha sido una nación, esencialmente agrícola y ganadera; y el estudio de su legislación denuncia los constantes esfuerzos de Reyes, Cortes, Consejos, Municipios, Señores y Comunidades, por acordar los intereses, contrapuestos hasta cierto punto, del cultivador de tierras y del ganadero; formulando el intento más enérgico en este vital, como importante asunto, la institución del honrado consejo de la mesta(2), cuyas tendencias y Estatutos no se dirigían a otra cosa que a regularizar armónicamente la agricultura con la ganadería.

 En determinadas regiones de nuestro país, la relación entre los habitantes y el terreno de sus distritos era tan desproporcionada que más de una tercera parte de la tierra quedaba virgen y salvaje; proporcionando dehesas de enorme extensión para la cría de ganados de varias especies, y sobre todo del cabrío y vacuno. Así se explican las toradas en Andalucía, Provincia de Salamanca, Extremadura, Mancha y Navarra; debiendo tenerse en cuenta la despoblación de aquellos distritos por la expulsión de la raza morisca en la época de Felipe III y la distancia de cerrados y veredas de ganadería de caminos públicos y carreteros, por lo cual se criaban los animales en estado salvaje propiamente y bravos por consecuencia.

 La alimentación de carnes del ganado vacuno tenía lugar por piaras más domésticas, y contiguas a los centros de población, criadas con pastos propicios al objeto de cebarlas, y por el deshecho de las reses de labor, que la marchantería se procuraba para abastecer los mataderos públicos; repugnando los consumidores las carnes desabridas de los animales, que consumían los salitrosos pastos marismeños; se nutrían con jaras, adelfas y brótanos de montes bajos, o despuntaban los brotes ásperos de terrenos fuertes, nunca laborados por la cuidadosa inteligencia agrícola. La industria pellejera contrataba la matanza de ganado salvaje, y la salazón para proveer de carnes curadas las galeras de la Armada Real y las flotas con rumbo al mundo de Colon y Hernán Cortés, aprovechaba las carnes de las reses bravías, menos jugosas y más idóneas por tanto para su conservación con destino a vituallas. El ganadero en estas condiciones no solía fundar su fortuna en la mera ganancia de la grey brava; sino que opulento labrador, o rico propietario, poseía además dehesas, que arrendaba al pasteo, criando en ellas animales de su propio dominio. De esta manera el ganadero solía ser el labrador, que pasaba de acomodado, llegando al colmo de las ventajas de su situación.

 Al establecerse los españoles en las regiones privilegiadas de la América del Sur, se cuidaron de trasladar a aquella, su nueva patria, las condiciones todas de su existencia, y de Andalucía y de Extremadura sacaron para su embarque esos toros y vacas, que puestos en libertad en las selvas inmensas y verdes descampados, ha procreado esa raza bovina, objeto de tantas contrataciones en aquellos países, y que constituyen tan grande especialidad en los ramos de su pingüe riqueza.

 En tanto que las lidias de toros no pasaron de diversiones a beneficio de Cofradías y Hermandades piadosas, o en provecho de instituciones públicas o en socorro de ciertas calamidades, pero sin el concierto, las formas y el orden regular, con que se establecieran a principios del siglo XVII, los ganaderos no pudieron vincular fundada esperanza de lucro con relación a la lidia de su ganado, y más bien regalaban sus mejores toros para contribuir a los fines religiosos o caritativos de las lidias de entonces, que por crear una reputación de buena casta, que les produjera resultados materiales.

 Así pues, las ganaderías de toros bravos no tuvieron particulares divisas hasta que se hizo fiesta nacional la que antes era predilecta diversión de españoles y portugueses; y por más que sobraran en nuestro país las razas bravías, no hubo interés especial en distinguirlas hasta que las empresas organizaron las contrataciones, constituyendo un nuevo tráfico, que tenía por base la calidad y el número de las reses de lidia.

Entre los dueños de ganado de lidia sobresalían a raíz de organizarse el espectáculo las casas andaluzas de VistaHermosa, Cabrera, Rodríguez y Giráldez: cuatro criadores, que por tener más de cien vacas de vientre, tenían el derecho de señalar sus toros con el papillo; signo que consistía en recortar la papada del animal, dejándole en medio una excrecencia a manera de escobilla. Como eran cuatro ganaderías, que gozaban de la propia distinción, idearon una diferencia bien visible, que marcara la procedencia de los bichos; escogiendo moñas(3) de determinados colores (rojo, azul, blanco y oro) que pusieran a la vista del público el particular dominio de los animales; tomando tipo de las diferencias de colores, tan usuales en justas y torneos, cuadrillas de jugadores de cañas y cabezas, danzas y comparsas en saraos y festividades, y bandos de moros y cristianos en algaradas y correrías. A imitación de estos cuatro ganaderos fijaron sus matices en moñas y divisas los demás de provincias diferentes y en 1794 se publicó en Madrid un plano iluminado de divisas, grabado por Juan Gutiérrez de Somala.

Consistiendo en vinculaciones la mayor parte de la riqueza en España, y siendo la ganadería el complemento de la riqueza en cuanto frisa en la opulencia agrícola, las ganaderías pasaban de padres a hijos, sin dividirse las greyes y llevando el mismo nombre, y usando la propia divisa. Por esta razón el cuadro de Juan Gutiérrez de Somala, tuvo escasas variaciones; datando éstas de la revolución, quedando el golpe de gracia a las vinculaciones, y desamortizando los bienes, paralizados en inflexible sucesión dominical, ha hecho pasar todos los elementos de riqueza por una serie de transiciones, diametralmente opuestas al antiguo tradicionalismo; resultando de aquí que las masas de ganado de lidia de la antigua casta de Vistahermosa, dieron origen con su venta a las ganaderías famosas de Lesaca (hoy del Marqués del Saltillo), de Arias de Saavedra en Utrera, de Taviel de Andrade, y de Barbero en Córdoba.

A este paso las ganaderías se subdividieron de tal modo, que ya no constaban de una casta, oriunda de otra de primera clase en su especie; sino que había casta compuesta de puntas de ganado superior, que formaban un mixto, con derecho a dos colores de divisa. De aquí que un cuadro de divisas careciese de exactitud y hasta cierto grado de oportunidad; lo uno, porque la moña era más un signo de lujo que una determinación de casta; lo otro, porque no existía la razón severa de marca particular de dominio, que introdujo la regularidad escrupulosa de las divisas, hasta el extremo de litigarse por expediente ante las Reales Maestranzas la legalidad de una moña de oro, como sucedió en las fiestas que Sevilla diera a Felipe V y a su familia en 1729.

Era costumbre además no poner divisas a los toros cuando los seis u ocho de una propia corrida pertenecían a la misma casta; reservándose las moñas para las lidias en competencia de ganaderías, que si bien las más incitantes eran las menos frecuentes. Añádase a esto que en las lides en provecho de las asociaciones benéficas solían intervenir damas, encargadas en el lujo y airosa confección de las moñas; y abandonado completamente este particular a su elección y buen gusto, las trazas, colores y exornes(5) quedaban al absoluto arbitrio de las amables directoras de estas divisas; relajándose así una regularidad, que devino en una carencia de razón de ser y por los motivos expuestos.

Los hierros de marca del ganado son hoy su verdadera razón de origen, porque lejos de ser convencionales como las divisas, hay particular y marcado interés en conservarlos; siendo común que se trasmitan con el dominio, particularmente en las castas que disfrutan de grande y merecida celebridad.

 

En recuerdo, admiración y respeto a Don José Velázquez y Sánchez  - Anales del Toreo – 1868.

 


1) grey. Rebaño de ganado menor. Ganado mayor.
Conjunto de individuos que tienen algún carácter común, como los de una misma raza, región o nación.

2) mesta. Agregado o reunión de los dueños de ganados mayores y menores, que cuidaban de su crianza y pasto, y vendían para el común abastecimiento.
Concejo de la mesta.
Junta que los pastores y dueños de ganados tenían anualmente para tratar de los negocios concernientes a sus ganados o gobierno económico de ellos, y para distinguir y separar los animales sin dueño conocido que se hubiesen  mezclado con los suyos.

3) moña. Adorno de cintas, plumas o flores que suele colocarse en lo alto de la divisa de los toros.

4) frisa. Estacada o palizada oblicua que se pone en la berma de una obra de campaña.

5) exornar. Adornar, hermosear.