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Toreros del siglo XX

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PROEMIO

A la retirada de Rafael Guerra “Guerrita” y ya en el siglo XX, sucede una época de evidente decadencia, en la que cabe recordar la elegante maestría de Antonio Fuentes y la parodia de competencia que sostienen Ricardo Torres “Bombita”, torero domina­dor y alegre, aunque poco depurado, y Rafael González “Machaquito”, matador arrestadísimo, pero esta decadencia es anuncio y antecedente de la época quizá más gloriosa y brillante del toreo profesional. 

En 1912 se empieza a hablar de un muchacho, casi un niño, de singular precocidad, que toreando becerros da muestras de intuición taurina y habilidad técnica increíbles.  Era un hijo del viejo torero Fernando Gómez “el Gallo”, que al lado de Salvador Sánchez “Frascuelo” y Rafael Molina “Lagartijo” llegó a tener una definida personalidad: se llamaba Joselito Gómez Ortega. Ya con novillos y en las plazas más importantes, incluidas las de Sevilla y Madrid, ofrece testimonio de su suficiencia y recibe finalmente la investidura de matador de toros. En esta superior cate­goría sigue cosechando triunfos y relega a segundo término a las figu­ras que por entonces se disputaban la primacía. Más cuando todos los augurios desapasionados coinciden en señalar el advenimiento de un diestro de la categoría de un Francisco Montes “Paquiro”, de un Rafael Molina “Lagartijo” o de un Rafael Guerra “Guerrita”, otro diestro también sevillano como Joselito, Juan Belmonte, avecindado en Triana, atrae la atención de todos hacia su ex­traña concepción de la lidia y a su manera impresionante de practicar el toreo. Juntos y en competencia, llenan un periodo de ocho años trascendental en la evolución de los modos taurinos e increíble en brillantez y pasión. Juan Belmonte es un verdadero revolucionador del toreo. A la concepción de la lidia defensiva que preconiza­ban todas las tauromaquias y, mejor o peor, practicaban todos los diestros, sucede una concepción plástica del toreo.  Son valores de orden estético los que predominan sobre los de orden técnico, con un agudo exponente de patetismo que les presta el estilo peculiar de practicar la suerte el trianero. Joselito sigue manteniendo la gran tradición de los toreros de dominio frente a la heterodoxia “belmontina”; pero la concurrencia de ambos toreros en el ruedo, su constante convivencia ante el toro, hace que Joselito vaya modificando su estilo de torear hacia una mayor perfección plástica, al par que Belmonte penetra los secretos tácticos de la lidia de que tan alto ejemplo era su compañero y rival. 

Coinciden los intentos de Juan Belmonte con un mayor refinamiento en la bravura y casta de los toros, y ello hace posible que no se frustre, como había sucedido en épocas anteriores con toreros precursores. Tales como un Manuel García “Espartero” en tiempo de Rafael Guerra “Guerrita” o posteriormente un Antonio Montes. 

De aquí arrancan los modos que en el siglo XX predominan en el toreo. Los diestros se dedican, unos a  perfeccionar  y  acendrar  la  orientación plástica, el estilo en el practicar  de las suertes, en tanto que otros prosiguen ·su camino por el dominio del mando  sobre el toro, sin descuidar  las exigencia s estéticas, pero  sin  darles  lugar  exclusivo.  Esti­listas y dominadores se reparten las preferencias de los públicos y tal revolución  ha  hecho  posible  que hoy  se midan  la  quietud, temple y gallardía  con que se ejecuta  una  suerte, con el rigor  mismo con que antes se juzgaba  de la aplicación  de las reglas defensivas a las condiciones de  cada  toro. 

Así, Domingo Ortega, el torero más considerable desde la desaparición de Joselito y Belmonte, aun continua la tradición de dominio sobre los toros con arte admirable, en tanto diestros como Manuel Rodriguez “Manolete” y Pepe Luis Vázquez, cordobés y sevillano respectivamente, han llevado la perfección de estilo o la gracia en la ejecución  de las suertes  a  extremos insospechables. 

Recientemente se zanja un viejo pleito con los toreros mejicanos, y en el pasado año de 1944 empiezan a concurrir a nuestras plazas, inyectando con sus arrestos y su arte nueva savia al espectáculo, y reanimando rivalidades y competencias. De ellos, triunfa en toda la línea Carlos Arruza, español de origen, que a unas facultades asombrosas une un valor y un sentido que ·pudiéramos llamar de­portivo de la fiesta que impresiona a los aficionados españoles, y le sitúa en la primera línea del favor del público. Otros toreros mejicanos excelentes concurren asimismo a nuestras plazas y entre ellos cabe mencionar a Fermín Espinosa  "Armillita", ya conocido de nuestros públicos y en sazón de plena maestría, y a Silverio Pérez, afamadísimo en su país, ídolo de los mejicanos,  al que el público español aguarda con expectación autentica. 

Asimismo el siglo XX ha sido testigo del renacimiento del viejo rejoneo en nuestras plazas. En Portugal venía siendo, y aun sigue, base de las fiestas taurinas, pero en España se practicaba excepcionalmente en ocasiones muy señaladas, y especialmente en festejos reales. Hacia 1925 el gran jinete cordobés Antonio Cañero comienza a practicar el rejoneo, pero trocado su carácter cortesano y su arcaica indumentaria en hazaña campera, con botas, zahones y traje corto. Una bocanada de aire sano de dehesa llena las plazas. Cañero, tras rejonear y banderillear al toro, echa pie a tierra y le da muerte con muleta y estoque. El viejo empeño de a pie se convierte en remate canónico de la lidia. Tiene entonces imitadores, pero ninguno alcanza su mérito. Posteriormente vuelven por esta manera de toreo a caballo Juan Belmonte, el gran torero retirado, y sobre todos Álvaro Domecq, magnifico jinete jerezano, y si bien uno y otro lo practican con fines benéficos, hacen que tal manera de toreo, gallarda y meritísima, vuelva a tener el favor del público y sobreviva como testimonio de olvidadas costumbres. 

 

En recuerdo, admiración y respeto a Don José María de Cossío – La Fiesta de Toros -