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Traje y útiles para el toreo

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PROEMIO

El arte dramático cambia de formas según las propensiones distintas de cada público que trata de impresionar. El espectáculo favorito de cada raza refleja en sus accidentes la índole, las tradiciones, y hasta la misión de cada una en la historia de la compartición del globo que ocupa. Estos hechos son independientes de la voluntad arbitraria que se obstinase en dirigirlos a su antojo; porque está en ellos la evidente manifestación de una ley que busca su cumplimiento en los espacios del porvenir. 

Recordemos que las luchas con los toros se denuncian en el Oriente por Tesalia, provincia asiática del imperio Romano, y se descubren por el Occidente en la Mauritania, distrito africano, sometido a la dominación de los Césares. Acompañando a los árabes desde el Oriente al África, y de África a la España meridional; demostrando el origen de una fiesta, que han impulsado simultáneamente el adalid (1) moro y el infanzón (2) cristiano, el brioso caballero sobre su diestro caballo y el pechero (3) audaz con su manta burda. 

En la crónica del conde de Buelna, Don Pero Niño, escrita por su alférez Gutierre Diez de Games, y publicada en 1782 por el celoso y erudito académico Llaguno y Amirola, en la primera parte, capítulo VII, se lee este periodo:

«Durante el rey (Enrique III) aquella vez en Sevilla, fueron fechos muchos juegos

«de cañas, en los cuales este donzel (el conde de Buelna), de cuantas veces aquel

«juego se fizo, bien podrían decir la verdad los que le vieron jugar; que non andaba

«allí caballero que más fermoso lanzase una caña, nin que tales golpes diese;

«cá muchas adargas (4) buenas fueron horadadas de su mano: é si non por guardar

«cortesía, de la qual él usó siempre, algunos fueran feridos de la caña de su mano.

«É algunos días corrían toros, en los cuales non fue ninguno que tanto se esmerase

«con ellos, así a pié como a caballo, esperándolos, poniéndose a grand peligro con

«ellos, faciendo golpes de espada tales, que todos eran maravillados.» 

He aquí la escuela del toreo, clasificada ya en sus principales suertes, que dentro de poco iban a recibir la organización bastante para erigirse en espectáculo de primer orden en la categoría de los ejercicios corporales que exigen más esfuerzo y habilidad.

 

El conde de Buelna, según nos refiere su cronista, espera a pie firme a los toros, los evita con evidente riesgo de su persona, los acuchilla a caballo, y hace golpes de espada que celebran los sevillanos. Aquí tiene el investigador curioso la lidia de peones y caballeros, con sus lances característicos, el cuarteo de las reses, la lucha a la jineta (5), la muerte de toros en golpes de espada, como especifica el alférez historiador; determinando así con suficiente claridad que había diferentes maneras de acabar con las reses bravas, según su índole, la ocasión y las condiciones del diestro.

De tal manera cundió la afición a las lidias de toros entre las altas jerarquías, clases hidalgas y estado pechero de las provincias españolas, qué hasta los tratadistas del arte de la jineta, o manejo de caballos, tuvieron que abrir algunos capítulos en sus obras especiales de destreza hípica, exclusivamente dedicados al ejercicio de lancear reses bravas en cosos y palenques.

La afición a las lidias de toros, entonces ejecutadas por la nata y prez (6) de la nobleza española, sin auxilio de peones, y con escasa ayuda en la suerte del rejoneo, era tan propia de la clase más elevada de la sociedad, como predilecta para él pueblo, que en tal espectáculo sentía la viva y profunda emoción de quien se reconoce en lo, que conviene a sus instintos, y responde a su carácter peculiar.

 

En tanto que el toreo ecuestre contaba en sus fastos al emperador Carlos V, que lanceó un toro en Valladolid en las fiestas por el nacimiento de su hijo Felipe, a Fernando de Pizarro, conquistador del Perú, a Don Diego Ramírez de Haro, a Don Manrique de Lara, a Don Juan Chacón, a Gregorio Gallo, (el inventor de la espinillera o mona (7) de los picadores), con otros que encumbran relaciones de festejos, efemérides y poesías descriptivas de públicos espectáculos.

La lidia a pie, cultivada por rústicos vaqueros, y reducida a gente baladí, que difícilmente se atrevía a mostrar sus habilidades en el coso, donde actuaban nobles e hidalgos como toreadores nativos por derecho de tradición, se abría corto espacio en las capitales; ensayando sus progresos y temeridades en las villas, con poco estímulo y grave riesgo. No faltaban sin embargo hombres arrojados, que menospreciando la vulgar costumbre de que los plebeyos citaran a la res con banderas y pañizuelos, y la ofendieran desde las vallas con lancillas y arpones, salían a parchear a estilo de fiesta villana, a derribar a usanza de ganaderos, y a lancear con mantas o a cuerpo gentil, aunque esto último se hallaba prohibido como una insensata exposición de la vida. En el siglo XVII en Sevilla había ya toreros de a pie; pues existe en el archivo municipal una solicitud de Juan de Cabrera Estúñiga, que pide ayuda de costa para él y su gente, «que hizieron (dice) suertes de capa muy luzidas en las fiestas que Vueseñoria fue servido de hazer estos dias por el nazimiento del príncipe, que guarde Dios nueso Señor por luengos años.»

Don Gaspar Bonifáz, caballero santiaguista, y caballerizo de la Real persona, sometió a una especie de prontuario los principios y lecciones del rejoneo, y empeños a pie, trances en que el toreador que perdía en el encuentro sombrero, guante o atavío, se apeaba, y tenía que habérselas con el animal con la espada y frente a frente.

Don Luis de Arejo, algunos años después de Bonifáz, dio a la estampa un opúsculo (8) sobre el toreo, en que ya se amplía la ayuda del caballero en plaza por el peón de estribo; y se habla de cómo éste alegra a la fiera; de sus recursos para traerla a jurisdicción, y de lo que debe ejecutar para vaciarla del caballo, luego que el jinete haya consumado su empresa, hiriendo la cerviz del bruto. Era una consecuencia precisa del mayor peligro, que en acercarse al toro corriera el caballero rejoneador, buscar amparo en los hombres de a pie; convirtiéndolos de lacayos en auxiliares inteligentes, y ejercitados en trastear al ganado bravío. Así fueron penetrando en el palenque de las lidias aristocráticas los hombres rudos; mayorales de grey (9) vacuna; conocedores de toradas salvajes, y labriegos, avezados al roce y doma de novillos, y a las faenas con toros en corrales de herradero y capa; y cuando la nobleza abandonó los cosos esta gente plebeya se apoderó del espectáculo para comunicarle el impulso de su experiencia y de su audacia; llevándole a su apogeo por una gradación no interrumpida de arduas pruebas, evidentes progresos e importantes mejoras. 

En la época de Fernando VI no fue la lidia de toros el espectáculo de la corte, ni hubo ya caballeros rejoneadores, y prácticos en el toreo a pie, que ennoblecieran la lucha con sus hazañas; sino que los mercenarios se hicieron señores absolutos del palenque, divididos en cuadrillas formales, bandas aventureras, y tropas de mojigangueros. 

Las maestranzas sin embargo solo abrían sus palenques a los maestros del arte clásico de torear, y a sus acreditadas cuadrillas de picadores y banderilleros; teniendo la costumbre de regalar traje completo a los espadas, que consistía en coleto y calzón de ante, correón de baqueta con hebilla de plata, y mangas acolchadas de terciopelo; chaquetillas de grana a los varilargueros y sobresalientes, y justillos a los peones auxiliares. La maestranza de Sevilla dispensaba una protección especial a Manuel Bellón, que se conocía por el apodo del Africano a causa de haber servido de mozo de provisiones en el presidio de Oran, donde aprendió de los moros el sorteo de las reses bravas, sobresaliendo en estoquearlas al cite de un capote doblado, recogido en la mano izquierda. Pocos años después la maestranza de Ronda poseía un digno rival de Bellón en Francisco Romero, que amplió la defensa con introducir un palo en el capote; facilitando el cite de la res, el resguardo del bulto del lidiador, y la soltura de movimientos en el trapo que ha sugerido las sucesivas evoluciones del trasteo. 

Tomando por punto de partida el toreo a cargo de lidiadores de profesión, cuando la nobleza andaluza y castellana abdicó el rejón, la lanza y la espada de los empeños de a pie, se concibe que en Sevilla y en Ronda eligiesen las maestranzas para Bellón y Romero los toros de mejor trapío de las vacadas de ambas zonas; pues que si la suerte de matar consistía en recibir los diestros a las reses en sus violentas arremetidas para envasarles (10) el acero en los rubios (11) al humillar el testuz rehurtando el cuerpo de las astas, mientras que el bruto fuese más boyante y de más genio, mejor podía ejecutarse el lance por el espada; ahorrando los repugnantes arbitrios del punzón y del tumultuoso desjarrete.

 

En recuerdo, admiración y respeto a Don José Velázquez y Sánchez - Anales del Toreo - 1868

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(1) Adalid: Antiguamente, caudillo militar.

(2) Infanzón, na:    Hidalgo que en sus heredamientos tenía potestad y señorío limitados.

(3) Pechero, ra:  plebeyo ( que no es noble ). 

(4) Adarga: Escudo de cuero, ovalado o de forma de corazón.

(5) Jineta: Arte de montar a caballo que, según la escuela de este nombre, consiste en llevar los estribos cortos y las piernas dobladas, pero en posición vertical desde la rodilla. 

(6) Prez:  Honor, estima o consideración que se adquiere o gana con una acción gloriosa.

(7) Mona:  Refuerzo que se ponen los lidiadores de a caballo en la pierna derecha, por ser la más expuesta los golpes del toro.

(8) Opúsculo:  Obra científica o literaria de poca extensión.

(9) Grey vacuna: Ganado mayor.

(10) Envasar: Introducir en el cuerpo de alguien la espada u otra arma punzante.

(11) Rubios: Centro de la cruz en el lomo del toro.

Nota.-

Conde de Buelna, don Pero Niño (1378 – 1453): Fue un destacado militar, marino y corsario castellano al servicio del rey Enrique III el Doliente.