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Escuelas de tauromaquia

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Siendo la tauromaquia -en el siglo XVIII- un arte esencialmente práctico, sujeto además a las multiplicadas contingencias de súbitos e imprevistos accidentes, que forman otras tantas y continuas excepciones de los principios establecidos y de las reglas clásicas, es punto menos que imposible escribir un libro teórico sobre el toreo, que enseñe lo bastante, ilustre lo suficiente, y satisfaga hasta el grado apetecible el afán del curioso y la investigación del profano.

El toreo principia por requerir la armonía de varias cualidades, qué siendo difíciles de reunir y de combinar, dividen la profesión en escuelas, que ninguna es el efectivo tipo del arte. Son contados los hombres como Pedro Romero, Joaquín Rodríguez, Francisco Herrera Guillen y Francisco Montes: genios en quienes el valor, la pericia y el aplomo parecen un solo y peregrino dote. El valor, predominando en el diestro, ofrece tipos como Hillo, Juan Jiménez y Manuel Domínguez. La pericia, como prenda relevante, produce lidiadores del género de Antonio Ruiz, Juan León y Francisco Arjona Guillen. Arte de torear no puede escribirse con fruto, cuando los que lo han hecho llegaron cuando más hasta explicar su toreo propio, y no otra cosa.

Este marasmo del toreo no podía ser de larga duración en un país, que contaba con aventajados discípulos de sus primeras celebridades, y con escuelas de tauromaquia en los mataderos de los pueblos más importantes de Andalucía, Castilla y Navarra; y en efecto, y entre la turba de matadores de segundo rango, que se afanaban sin tregua por sobresalir.

Es sabido que el monarca Carlos I (siglo XVI) tomó parte en una de las lidias en la plaza de Valladolid; que su hijo Felipe II las amparó contra las iras del Vaticano; el hijo de este Felipe III en el año 1612 otorga el primer privilegio para dar corridas en cosos cerrados, dando así origen a las plazas de toros, renovó y perfeccionó la plaza mayor de Madrid en 1619, con capacidad para casi sesenta mil participantes; que Felipe IV las promovió en su corte con decidido empeño, llegando al punto de actuar en algunas; que Felipe V manifestó su desvío hacia esta clase de festejos; su hijo Fernando VI financió la obra de la primera plaza permanente en Madrid, la de la Puerta de Alcalá; que Carlos III los suspendió en Madrid consultando su abolición absoluta en España por conducto del Consejo de Castilla e influenciado por el Conde de Aranda, a través de una Real Orden de 1778, y que Carlos IV les dispensó una protección señalada, prescindiendo de las antipatías tenaces que insistían un día y otro en desterrar de nuestro país el más antiguo y popular de sus espectáculos; Fernando VII a su regreso de la cautividad de Valencey, a la raíz del golpe de Estado, que puso fin al régimen constitucional en Valencia y en Mayo de 1814, prohibió las corridas de toros, antes por impedir la aglomeración de gente en las capitales del reino y a título de bulliciosa diversión, que accediendo a los deseos de favorecidos adversarios de esta especie de fiestas.

Tantas y tales fueron las gestiones cerca del rey que se revocó el decreto; reabriéndose las plazas, y subsanándose de este modo los perjuicios, irrogados a muchas clases de la sociedad que dependían de estas funciones por diferentes conceptos, y que en común y sentida manifestación representaron el agravio y las extorsiones que les infería una determinación súbita, y tomada sin el examen detenido y procedente de cuestiones, en cuya resolución se afectaban ramos y especialidades, acreedores a la consideración atenta del gobierno por su cuantía y por la importancia de todas sus consecuencias.

Los adversarios del toreo, algunos poderosos e influyentes con el soberano, haciendo cuestión de amor propio el logro de sus planes, no desperdiciaban ocasión de reforzar sus razonamientos contra las lidias taurinas con los lances desgraciados que tenían lugar en cada temporada; tratando de persuadir la certeza de aquella proposición del señor Jovellanos en su célebre Memoria, y respecto al ejercicio de los lidiadores, «que al cabo perecen o salen estropeados de él.»

Deseoso al fin Fernando VII de intervenir en tan antigua como enojosa polémica con el suficiente conocimiento de causa para tomar acuerdo definitivo en el negocio, cortando el vuelo a unos debates, que ya eran capciosos protestos de parcialidades cortesanas, asintió a oír a unos y otros sobre el asunto; disponiendo al efecto una seria consulta, que autorizase con sesudos pareceres la determinación decisiva de la superioridad. El conde de la Estrella fijó admirablemente en razonada memoria los puntos de la ruidosa cuestión, derivando las propuestas finales de su luminoso informe de un principio incontrovertible: «si la tauromaquia es un arte más que un ejercicio, la enseñanza es más preservadora que el hábito.» Fernando VII sometió a ensayo en Sevilla el proyecto del prudente asesor para proporcionarle la sanción satisfactoria de la experiencia, y con el apoyo del éxito extender las escuelas, si así parecía convenir a los progresos de la afición.

El conde de la Estrella en su extenso y meditado escrito sustentaba la utilidad de enseñanza del arte del toreo, como medida preservadora de los lidiadores tácticos, y no contento con esforzar su opinión con multitud de atinadas observaciones, proponía recursos y expedientes para plantear la escuela en Sevilla, que son los mismos que adicionados por el Asistente Arjona en cuanto a los arbitrios supletorios de la instalación, y cuotas de maestranzas, ciudades y villas que celebrasen corridas de toros o novillos, constan en la Real orden de 28 de Mayo de 1830, autorizada por el ministro de Hacienda, López Ballesteros. Recomendado al rey para director práctico de la escuela Gerónimo José Cándido, retirado del ejercicio por sus achaques, y a la sazón visitador de salinas en el distrito de Sanlúcar de Barrameda, estaba a punto de ser provisto en dicha plaza cuando elevó recurso a su Majestad Pedro Romero, a la edad de sesenta y siete años, alegando sus títulos de preferencia por antigüedad y méritos, y alcanzando la dirección con el sueldo anual de doce rail reales; asignándose ocho mil como ayudante a Cándido, y dos mil de modesta subvención a cada uno de diez discípulos numerarios. El Asistente-Intendente de Sevilla, declarado juez protector y privativo de la escuela, no encontró docilidad en el cabildo y regimiento de la capital de Andalucía para guardar y cumplir inmediatamente los extremos de la Real orden, y ya por excusas de local para el circo de ensayos, ya en consideración a los abusos que se representaban en la reunión de la escuela a la casa -matadero, y ya por el destino preciso y terminante de la bolsa de quiebras, se formularon protestas que fue necesario vencer con energía al señor Arjona, con auxilio del procurador mayor, contra la abierta hostilidad del síndico del común y algunos regidores. Allanadas todas las dificultades por la actividad y perseverancia del juez protector, y eludidos los reparos opuestos por el cuerpo capitular, se abrió la escuela, atendida cuidadosamente en sus necesidades y exigencias por la diputación que presidia a las lecciones; y en el corto tiempo que duró la enseñanza a cargo de dos maestros, como Romero y Gerónimo, puede sostenerse que el toreo aseguró para algunos años una restauración gloriosa, cuyos precedentes importarla mucho renovar.

El fruto de la instrucción teórico-práctica en la escuela de tauromaquia preservadora de Sevilla no ha menester prolijas demostraciones, ni esfuerzos extraordinarios de dialéctica para justificarse plenamente en sus lisonjeros resultados en cuanto al lustre y aumento de favor del arte; bastando una observación sencillísima a convencer de este producto de la enseñanza alternativa de Romero y de Cándido. Antes de la instalación de la escuela el número de lidiadores de primera nota no guardaba la debida proporción con la cifra absoluta de personas dedicadas al ejercicio; sufriendo largos paréntesis la aparición de una figura heroica, que fijase la atención pública, como lo consiguiera Curro Guillen después de José Delgado Pepe-Hillo. Gracias a las breves, pero inmejorables lecciones de dos hombres tan idóneos al caso, los alumnos de tauromaquia en Sevilla ocuparon todos una escala preferente entre los toreros contemporáneos, y de Francisco Montes, y su discípulo y sobrino José Redondo “El Chiclanero”, a Francisco Arjona Guillén “Cúchares” y a Manuel Domínguez “Desperdicios”, el pueblo español no ha conocido intervalos sin una notabilidad, procedente de aquel instituto, que tantas censuras ha merecido de parte de los sistemáticos e intransigentes adversarios del toreo. Finalmente  en 1834, ya muerto Fernando VII, fue clausurada la primera escuela de Tauromaquia de la Historia.

 

 

En recuerdo, admiración y respeto a Don José Velázquez y Sánchez - Anales del Toreo - 1868