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El Toro Bravo

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PROEMIO

En la familia de los mamíferos, especie cuadrúpeda, género astado, orden de los rumiantes, origen selvático, domesticable en grey(1), útil en doma por la castración que cambia su condición con su nombre, el toro es el símbolo de la bravura ciega y de la fuerza bruta. Tipo de la potencia y hermosura de su raza, el toro disfruta de un armamento ofensivo, superior al de todos los astados; una condición que le remonta a la jerarquía de las fieras más pujantes, sin que instintos carniceros impongan su cacería y exterminio a la familia humana como garantía de seguridad.

El toro conserva en su reducción a grey el espíritu de independencia que caracteriza a las razas de origen salvaje. Necesita grande y fragoso(2) espacio para su cría, nutrición y propagación. La pujanza constituye su derecho al amor, a la preferencia y al respeto en la manada de que forma parte. Sestea, posa y se acuesta en puntos determinados por su elección; defendiendo de intrusiones estas propiedades que cada animal se traza en la zona común a su familia. Sometido a translaciones, cambios de pastos, y demás faenas de ganadería, requiere para sujetarse a la obediencia el concurso de los cabestros y los conocedores; y solo a la maña, y siempre conspirando a fin de sustraerse al destino que le imponen sus guías, se deben herraderos, pruebas, apartados, conducciones y enchiqueramientos. La debilidad y el exceso de predominio de un toro en la grey determinan el abuso sexual más innoble y la conspiración más enconada y persistente; revelando esas costumbres brutas de instintos, refractarios a toda modificación que induzca la servidumbre. Hasta en los toros, criados a mano desde su salida del vientre materno, y familiarizados con la existencia del caserío rústico entre los animales más sumisos al dominio del hombre, se ve el destello de una bravura indómita cuando el influjo de la primavera estimula su potencia amorosa, y en algunas lidias se han experimentado boyantes y duros hasta el extremo estos hijos adoptivos del humano hogar.

Las modificaciones de la condición del toro por la virtud de los pastos, influjos del clima y tratamiento que recibe de los que le retienen de esta u otra guisa en su dominio, le clasifican en dos especies: la de reses bravas y la de ganado manso. La primera conserva el tipo originario en medio de las sujeciones que la reducen a propiedad particular, y es apta para la lidia, para la provisión en grande escala de alimentación animal, para el suministro de bueyes poderosos, y el refresco de las castas agotadas por la servidumbre de una cruza vigorosa y restaurante de su degeneración. La segunda entra poco a poco en los términos del servilismo paciente, y a medida que se domestica la casta, y se subdividen sus individuos en el patrimonio agrícola, y se mezclan con las especies habituadas a la esclavitud, y se connaturalizan con la dependencia de la colonia rústica, la hechura pierde sus signos enérgicos de raza: los cuernos se achican y disminuyen de consistencia y volumen; el corte esbelto y el contorno airoso de la figura típica se truecan en la obesidad de la vida sedentaria, y en la torpeza y lentitud de movimientos de los animales, entumecidos por un reposo que embota sus facultades primitivas.

En determinadas regiones de nuestro país, la relación entre los habitantes y el terreno de sus distritos era tan desproporcionada que más de una tercera parte de la tierra quedaba virgen y salvaje; proporcionando dehesas de enorme extensión para la cría de ganados de varias especies, y sobre todo del cabrío y vacuno. Así se explican las toradas en Andalucía, Provincia de Salamanca, Extremadura, Mancha y Navarra; debiendo tenerse en cuenta la despoblación de aquellos distritos por la expulsión de la raza morisca en la época de Felipe III y la distancia de cerrados y veredas de ganadería de caminos públicos y carreteros, por lo cual criábanse los animales en estado salvaje propiamente y bravos por consecuencia.

La alimentación de carnes del ganado vacuno tenía lugar por piaras más domésticas, y contiguas a los centros de población, criadas con pastos propicios al objeto de cebarlas, y por el deshecho de las reses de labor, que la marchantería se procuraba para abastecer los mataderos públicos; repugnando los consumidores las carnes desabridas de los animales, que consumían los salitrosos pastos marismeños; nutríanse con jaras, adelfas y brótanos de montes bajos, o despuntaban los brotes ásperos de terrenos fuertes, nunca laborados por la cuidadosa inteligencia agrícola.

La industria pellejera contrataba la matanza de ganado salvaje, y la salazón para proveer de carnes curadas las galeras de la Armada Real y las flotas con rumbo al mundo de Colon y Hernán Cortés, aprovechaba las carnes de las reses bravías, menos jugosas y más idóneas por tanto para su conservación con destino a vituallas. El ganadero en estas condiciones no solía fundar su fortuna en la mera ganancia de la grey brava; sino que opulento labrador, o rico propietario, poseía además dehesas, que arrendaba al pasteo, criando en ellas animales de su propio dominio. De esta manera el ganadero solía ser el labrador, que pasaba de acomodado, llegando al colmo de las ventajas de su situación.

Al establecerse los españoles en las regiones privilegiadas de la América del Sur, cuidáronse de trasladar a aquella, su nueva patria, las condiciones todas de su existencia, y de Andalucía y de Extremadura sacaron para su embarque esos toros y vacas, que puestos en libertad en las selvas inmensas y verdes descampados, ha procreado esa raza bovina, objeto de tantas contrataciones en aquellos países, y que constituyen tan grande especialidad en los ramos de su pingüe riqueza.

En tanto que las lidias de toros no pasaron de diversiones a beneficio de Cofradías y Hermandades piadosas, o en provecho de instituciones públicas o en socorro de ciertas calamidades, pero sin el concierto, las formas y el orden regular, con que se establecieran a principios del siglo XVII, los ganaderos no pudieron vincular fundada esperanza de lucro con relación a la lidia de su ganado, y más bien regalaban sus mejores toros para contribuir a los fines religiosos o caritativos de las lidias de entonces, que por crear una reputación de buena casta, que les produjera resultados materiales. Así pues, las ganaderías de toros bravos no tuvieron particulares divisas hasta que se hizo fiesta nacional la que antes era predilecta diversión de españoles y portugueses; y por más que sobraran en nuestro país las razas bravías, no hubo interés especial en distinguirlas hasta que las empresas organizaron las contrataciones, constituyendo un nuevo tráfico, que tenia por base la calidad y el número de las reses de lidia.

Entre los dueños de ganado de lidia sobresalían a raíz de organizarse el espectáculo las casas andaluzas de VistaHermosa, Cabrera, Rodríguez y Giráldez: cuatro criadores, que por tener más de cien vacas de vientre, tenían el derecho de señalar sus toros con el papillo; signo que consistía en recortar la papada del animal, dejándole en medio una excrecencia a manera de escobilla. Como eran cuatro ganaderías, que gozaban de la propia distinción, idearon una diferencia bien visible, que marcara la procedencia de los bichos; escogiendo moñas(3) de determinados colores (rojo, azul, blanco y oro) que pusieran a la vista del público el particular dominio de los animales; tomando tipo de las diferencias de colores, tan usuales en justas y torneos, cuadrillas de jugadores de cañas y cabezas, danzas y comparsas en saraos y festividades, y bandos de moros y cristianos en algaradas y correrías. A imitación de estos cuatro ganaderos fijaron sus matices en moñas y divisas los demás de provincias diferentes y en 1794 se publicó en Madrid un plano iluminado de divisas, grabado por Juan Gutiérrez de Somala.

 

En recuerdo, admiración y respeto a Don José Velázquez y Sánchez  - Anales del Toreo - 1868

 

 


1) grey.  Rebaño de ganado menor. Ganado mayor. Conjunto de individuos que tienen algún carácter común, como los de una misma raza, región o nación.

2) fragoso, sa    Áspero, intrincado, lleno de quiebras, malezas y breñas.

3) moña. Adorno de cintas, plumas o flores que suele colocarse en lo alto de la divisa de los toros.