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La lidia a pie

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 PROEMIO

El hombre a pie, que ya sabía acosar con la honda y amagar con el palo para inspirar respeto a la res, escarmentada con la fijeza y contundencia de sus golpes, reconociendo la dificultad del toro en revolverse, una vez lanzado en persecución de su enemigo con la impetuosidad de su índole, calculó que bastaba ejecutar un movimiento, simultáneo a la embestida, para salvar su persona del choque con Ja cabeza armada de su terrible agresor. Afinando a fuerza de pruebas arriesgadas, y a costa de una afición vehemente, los movimientos a cuerpo libre, que hoy denomina el arte cuarteos, quiebros y cambios, nació una lid organizada, cuyas excepciones debían establecer las condiciones especiales de ciertos y determinados toros; y en efecto las peripecias lastimosas del toreo a bulto desembarazado con fieras recelosas, huidas o traicioneras, enseñaron al luchador que había necesidad de un resguardo, inútil con las reses boyantes, codiciosas y comunes. Esa providencia, mal traducida con el nombre de casualidad, que en la caída de una manzana descubrió a Newton una ley de la naturaleza, haría notar la distracción del toro con el objeto que se ofrece a su brutal arranque; y así como la pica del jinete pasó del acoso a la suerte de vara, el objeto burlador de la embestida se ha perfeccionado desde la rústica manta del campesino a la flámula roja del diestro, jefe de la cuadrilla de lidiadores.

En el siglo XVIII las Maestranzas de caballería de Ronda, Sevilla y Granada, reconocieron preferencia a los varilargueros sobre los peones de lidia, por alternar con los caballeros rejoneadores en las series de los primitivos festejos y después que la nobleza dejó de torear consideraba a los picadores como ejercicio más aristocrático por requerir habilidad de jinetes y alientos de acosadores de reses bravas. En anuncios y esquelas de convite de funciones de Maestranzas hasta el promedio del mismo siglo XVIII preceden los picadores al espada y a la cuadrilla a pie, costeándose por las corporaciones a los lidiadores montados chaquetillas, moñas, espadas y varas. Pero sucedió que Juan Romero, hijo de Francisco y natural de Ronda, fue quien alteró la práctica establecida de que el matador fuese uno de tantos peones de la tropa; organizando cuadrilla de varilargueros y chulos, que ponían rehiletes en parejas, y ayudaban al diestro, director de la lidia, en la suerte de estoquear. Juan Romero quiso de este modo arrebatar el oficio de espada a la condición vagabunda de peón aislado, en demanda de empleo en cuadrillas excursionarias, y su proyecto era tan acertado y oportuno que fue el primer lidiador que se escrituró con su gente para el circo de Madrid por las corridas que se ofrecieran en todo un año. Las maestranzas, hermandades y empresas, aburridas de las mil complicaciones y contrariedades que envolvía el arreglo de las funciones de toros, habiendo de entenderse con diferentes lidiadores de a pie y de a caballo, además de los otros pormenores de tales festejos, acogieron con sumo agrado la resolución del espada de Ronda; celebrando infinito la fácil inteligencia con un jefe de cuadrilla, responsable en virtud de contrato del número, calidad y cumplimiento de los toreadores; quedando relevados de compartir una atención, que podían consagrar a otros detalles.  

Al formar sus cuadrillas los Romeros y los estoqueadores andaluces y vascos, prefiriendo las Maestranzas y empresas entenderse con los diestros al ajuste parcial de los toreadores, ocuparon lugar de preeminencia los primeros espadas, como jefes de la tropa; mas seguían los picadores inmediatamente, y hasta el medio-espada iba después en carteles y papeletas, a la cabeza de los banderilleros, que unas veces se especificaban y otras se comprendían en la breve fórmula -« y una lucida cuadrilla de peones»-  José Delgado [Hillo) comenzó a exigir que constaran en avisos y cédulas los nombres de sus banderilleros, y estableció esa costumbre, si bien guardando a los picadores su fuero de preceder a los peones de lidia, hasta que Francisco Montes, que no era muy afecto a la gente de a caballo, hizo poner en los carteles, paralelos unos a otros, a sus peones y a sus jinetes; introduciéndose esa práctica y caducando el antiguo privilegio de los varilargueros españoles.

Los primeros maestros de la tauromaquia, así andaluces, como castellanos y navarros, se ajustaban con sus jinetes y peones de lidia, discípulos suyos en su mayor parte, o cuando menos fiados en su pericia por hombres, como aquellos espadas, cuidadosos de su crédito y celosos por el lustre y prestigio de sus cuadrillas.

No eran dables las improvisaciones en el toreo; porque dependientes tales festejos de licencias sucesivas de las autoridades, éstas se guardaban muy bien de otorgarlas sin haberse cerciorado primero de que todas las condiciones de lidias estaban superabundantemente atendidas; desde la responsabilidad del diestro, con relación a sus auxiliares en la lucha, hasta los más mínimos detalles y accesorios del espectáculo. Hasta novilladas y capeas, como fueran de las llamadas de cartel o sea mediante precio, se ejecutaban bajo la dirección de un medio-espada, jefe de los peones, y quedaba solo para ensayarse a los aficionados el toro de cuerda, el becerro eral o el ejercicio privado en corralones y toriles. Así se evitaban esas tragedias, en que la inexperiencia arrogante desafía peligros, que no alcanza a comprender en su cruel extensión, cuando los provoca con esa audacia, que recibe tan digno como doloroso premio.

Cuando se multiplicaron las plazas, creándose los contratistas, que o tomaban en arrendamiento las lidias, concedidas a establecimientos de Beneficencia, o bien se procuraban permisos de las autoridades para determinado número de vistas de toros, fueron recibidos algunos toreadores, que no procedían de enseñanza de los diestros de nombradía en aquella época; empezando por entonces una improvisación, que sin embargo de serlo, no ofrecía los peligros de hoy; tanto porque las empresas no eran numerosas, cuanto por el requisito de torear en plazas de Maestranza, primer fundamento de la antigüedad en la profesión, y origen único de una reputación bien asentada. Las escuelas de Ronda y de Sevilla debieron su auge a la severidad con que procedían Romero, Costillares y Delgado; no permitiendo que sus respectivos subalternos se entregaran a las arbitrariedades caprichosas, que anticipan los rangos a los méritos para obtenerlos y legitimarlos. Algo menos escrupulosos los espadas castellanos, no fundaron escuela; porque no partían de esa unidad, que da una autorizada enseñanza, con aplicación a las diversas facultades de los discípulos, que dentro de un propio sistema desarrollan especialidades diferentes, ensanchando la órbita de los medios y recursos de un ejercicio cualquiera.

La tan criticada escuela de tauromaquia preservadora, establecida en Sevilla, creó una pléyade  de lidiadores de primera nota, como Paquiro, Cúchares, Domínguez, Just, con otros banderilleros de gran valía, cuyos nombres bien merecen los honores de la celebridad; trascendiendo los frutos de aquella enseñanza a discípulos de los discípulos de dicha escuela; sobresaliendo entre todos José Redondo (el Chiclanero), único en conciliar en su simpática persona el toreo parado de los Rondeños y el toreo movido de los Sevillanos.

La Administración, que va tomando todas las atribuciones de una verdadera providencia humana, está en el caso de impedir las deplorables resultas de una ciega impremeditación y de un obstinado empeño; condicionando los requisitos de los lidiadores de toros, y exigiéndoles como precedente de aptitud la dependencia probada de espadas de primero, segundo o tercer orden; y bien puede creerse autorizada al caso, en cuanto la administración bien entendida atiende a prevenir contingencias desagradables, viciosos extremos y resultados amargos, que no sirve sentir y deplorar luego.

En el siglo XVIII la antigüedad de los toreros databa de la época, en que justificaban por cartel haber lidiado en Madrid y Reales sitios; en Plazas de Maestranza; circos a cargo de Juntas benéficas, y por último, en Capitales que tuvieran sitio fijo para el espectáculo; y las Justicias consagraron con repetidas providencias en este sentido las alegaciones de los jefes de cuadrillas; instituyendo jurisprudencia, respetada hasta el tiempo de Francisco Montes, quien rompió resueltamente con estas tradiciones del ejercicio; poniendo por cláusula que había de torear el primero con todos los diestros de su época, excepción hecha del maestro Juan León.

En los accidentes del festejo nacional, privativos a las diferentes provincias de España, se estudian las diversas tradiciones de raza, genial y costumbres de cada una; así como se rastrean las peripecias que en cada una han traído el toreo de ejercicio rural a público espectáculo. Es curioso en este punto escuchar los comentarios de las cuadrillas en sus continuos y sucesivos trabajos en diferentes plazas, donde los públicos tienen exigencias, a fuer de inteligentes; marcan tipo a las lides, porque propenden ya al toreo parado, ya al toreo movido; o bien se  inclinan a favor de suertes vistosas, no sabiendo apreciar lo que puede llamarse clásico en este género de ejercicios.

  

En recuerdo, admiración y respeto a Don José Velázquez y Sánchez - Anales del Toreo - 1868