EL TOREO EN VENEZUELA - I
EL TOREO EN VENEZUELA - I -
Las más antiguas fiestas de toros verificadas en Venezuela fueron las del 20 de enero de 1567. Al menos, son las primeras de que hay memoria. Para celebrar en Nueva Jerez la festividad de San Sebastián corrieron toros y jugaron cañas los soldados de don Diego de Losada, que habían tomado por abogado a este santo contra las flechas de los indios (1).
Años antes, en 1548, había sido fundado en Uverito, por don Cristóbal Rodríguez, el primer hato de ganado vacuno, compuesto de dieciocho vacas y dos toros. En ese lugar existe un rústico monumento que recuerda la fundación.
En 1555 don Francisco Fajardo formó en Catia otro hato de ganado que proliferó grandemente. A finales del siglo XVI había aumentado tanto la ganadería que en 1591 pudo otorgar el Cabildo un permiso para llevar mil cabezas a Cumanagoto (Barcelona). Y no sólo se multiplicó el ganado vacuno, sino que se extendió por toda la llanura venezolana. Cuentan que hasta las regiones del Orinoco llevó el misionero fray Tomás de Santa Eugenia un lote de noventa vacas y diez toros en el año 1726. «Fue así —escribe Carlos Salas en su magnífico libro— como el nativo de nuestras pampas empezó a sortear las bravas acometidas del toro cimarrón en plena sabana, cuando quedaba al descubierto y el bicho ensabanado le acometía en feroz embestida; el llanero, con su cobija y su garrote, o con el sombrero de ala ancha, sorteaba la embestida al sacarle el lance que había de salvarle de cornada segura.»
Y sobre el incipiente arte taurómaco de los venezolanos, que andando el tiempo había de dar en profesionalismo, transcribe el señor Salas las palabras de don Víctor M. Ovelles: «Era costumbre después de la castración dejar encerrado en el corral algún torete para que lo toreasen los muchachos del hato y desgraciado aquel que se mostraba pusilánime, porque en seguida se destoconaba el torete, se amarraba al muchacho por las piernas y se le ponía en mitad del corral.
El torete embestía y el muchacho trataba de huir, pero era alcanzado y recibía taponazos de la fiera, que lo tiraba contra el suelo.
Y a los gritos desesperados del muchacho respondían las risas de los peones, hasta que, magullado o herido y muy asustado, era libertado de aquel suplicio por alguno...»
Desde que la ciudad de Caracas fue fundada, organízanse en ella corridas de toros para todas las fiestas conmemorativas y religiosas: Santiago, San Mauricio, San Sebastián y San Jorge, patrón de la capital venezolana desde 1594.
La Plaza de San Jacinto fue escenario de varias corridas, autorizadas por real cédula de 5 de octubre de 1755, cuyo producto destinaron los organizadores a la reconstrucción del reloj de Principal. Otra real cédula de 1770 autorizaba la celebración en Caracas de corridas de toros con que subvenir a la reconstrucción del Palacio de Gobierno.
En 1789 el Cabildo caraqueño concedió a don José Gabriel Gutiérrez privilegio para la celebración de quince corridas en Pascua, que le obligaba a contribuir con la cantidad de cuatrocientos pesos oro al sostenimiento de la Casa de Misericordia. También en ese mismo año se verificaron en la plaza Mayor de Caracas —actual plaza de Bolívar—grandes fiestas de toros y mojigangas para festejar la jura de Carlos IV. El Cabildo redactó el siguiente escrito: «Que la ciudad, en cumplimiento de la fiesta que de uso y costumbre por su parte debe dar en prueba de regocijo, costee de sus propios seis días de toros en dicha plaza, que serán el quince y dieciséis de diciembre, veintidós, veintitrés, veintinueve y treinta del mismo, para lo cual el mayordomo de propios, doctor Miguel Suárez, oportunamente hará conducir doscientos toros de edad de cuatro años para arriba, de la mejor condición; aprontará doce hombres de habilidad que concurran a jugarlos, pagándoles por su trabajo lo que ajustare prevenido, para evitar la estafa del público; que no mande echar suertes a ninguno de
los concurrentes, bajo la pena de perder su salario. Los cuatro de ellos a caballo con rejones, cuatro con estoques y los cuatro restantes con banderillas, vestidos uniformemente, con chaqueta y calzón encarnado, con tubos negros de cinta en la costura, a la andaluza ojal y vuelta y chupa blanca con tufos carmesí, de cinta en la costura, medias y zapatos color blanco; los de a caballo, con sombreros apuntalados, y los de a pie con gorras encarnadas, ribeteadas de blanco, bordadas en seda en la frente las armas de la ciudad, haciendo para todos el repuesto necesario de rejones, caballos, estoques y banderillas...»
Durante el año 1804 se organizaron corridas en algunas poblaciones sin previo permiso. Por ello, el gobernador y capitán general mandó a las autoridades de Maracay, Guacara, Valencia y otras ciudades un escrito pidiendo explicaciones por tal proceder. Decía lo siguiente: «Me hallo informado que en esa villa ha habido últimamente varias corridas de toros; y no habiendo obtenido de este superior Gobierno la licencia correspondiente para ello, me dirá con qué facultad las ha permitido...»
Entre 1805 y 1808, en que por real cédula de Carlos IV se prohibía correr toros en todo el Reino, siguieron lidiándose en Venezuela, donde, como en otros Reinos de Indias, se hizo caso omiso de la prohibición.
Por aquellos años las corridas se efectuaban en la ciudad de Caracas en plazas de madera: Capuchinos (de forma hexagonal). La Palmita, Candelaria... El Ayuntamiento solía conceder permiso para la erección y explotación de estos cosos a empresarios particulares mediante el abono de setecientos pesos anuales. También se estipulaba en los contratos de principios del XIX que cada corrida constaría de diez toros o novillos. En aquellos cosos las corridas poseían un sabor muy particular, pues los payasos y otros entretenimientos eran los que divertían a las gentes. Asi fue el toreo venezolano a lo largo de esa centuria. Por lo general, funcionaban a la vez más de una Plaza, aunque tenían muy escaso aforo.
El 25 de diciembre de 1864 quedó inaugurada la Plaza Falcón, con una capacidad para cuatro mil personas. En la Plaza de la Candelaria solían celebrarse por entonces espectáculos taurinos al estilo español. Debió de ser en esa Plaza donde por primera vez los caraqueños vieron brillar los trajes de luces. Un anuncio insertado en un periódico atestigua la organización de corridas a la española: «Extraordinario suceso en la Plaza de toros de Candelaria. Don José Romero, «el Andaluz», se encuentra en esta ciudad y principia a dar funciones de su arte el domingo 26 de junio de 1864, en la cual todo el aparato será al estilo español.»
En 1883 se inauguró el Circo Hipódromo por los diestros del país Juan F. Perdomo y Leonardo Rivero, en la parte sería. Y en las pantomimas, varios payasos. «Para esa época -escribe Carlos Salas— aún se toreaba con los aditamentos primitivos: la carpeta o muletilla ensartada en un palillo que se agarraba por el centro, con las uñas hacia abajo. La suerte de banderillas se hacía a una sola mano. Gregorio Pino fue el primero en colocar los arponcillos a dos manos.» En esta Plaza, más tarde denominada de Puente Nuevo, hizo su presentación el primer torero español con alternativa: Francisco Díaz, «Paco de Oro» (28 de octubre de 1884). El domingo 15 de febrero de 1885 hizo su presentación en Caracas José Lara, «Chicorro», con su cuadrilla. En enero de ese mismo año, Juan José Villegas se había presentado en Valencia, llevando en su cuadrilla banderilleros y picadores.
Precedido de una gran propaganda se presentó en Caracas el año 1890 Francisco Sánchez, «Frascuelo». Tan enorme fue el fracaso que tuvo el hermano de Salvador, que el público prendió fuego a la Plaza.
En la corrida del domingo 14 de enero de 1894 se montó el espectáculo al estilo español, siendo muertos por primera vez en Caracas seis toros, que eran de la Candelaria. El 6 de mayo siguiente, y en la segunda corrida toreada por «Cuatro Dedos”, se lidiaron cinco toros criollos y un astado de pura casta española (de Miura), por primera vez en la capital. Mató el miureño un caballo, y como había sido corrido en otras plazas, no pudieron con él. La muerte del caballo dio lugar a una reacción de las señoras de la Protectora de Animales, y solicitaron del Presidente de la República la prohibición, que no se hizo esperar: «Considerando: Que es cruel e inmoral la muerte de los toros en la lidia, resuelve: Prohibir en absoluto dar muerte a los toros...»
(1) «Los toros en Venezuela». Carlos Salas: Caracas-Madrid, 1958.
Por: Don Francisco López Izquierdo
En recuerdo, admiración y respeto a Don Francisco López Izquierdo -ver -
BDCYL - Semanario Gráfico de los Toros – El Ruedo – Madrid, 29 de octubre de 1959