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Los Toros hasta el siglo XVIII

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PROEMIO

En qué momento el cazar y correr toros se convierte en fiesta, no es fácil de determinar. Creo que las menciones más antiguas corresponden a la primera Crónica General de don Alfonso X el Sabio (1256), y es significativo el indicio de que al prosificar los cantares viejos de gesta se mencionan fiestas de toros que celebran las ocasiones de sucesos faustos, en tanto que en las redacciones originales de esos cantares (siglo XII) que poseemos no se alude a tales regocijos. Pienso que en los años que transcurren entre una y otra redacción de estos sucesos hubo de verificarse la divulgación de las fiestas de toros o, al menos, adquirir mayor auge.

Ellas debían tener un doble carácter que, con las variaciones naturales de los tiempos, se acusa hasta nuestros días. En los pasajes aludidos en la Crónica General, se corren los toros como espectáculo. En fiestas narradas en el poema de Fernán González, redactado ya en el siglo XIII muy avanzado, se advierte "que corrían los toros los monteros". Esta indicación parece mejor referirse a deporte de campo a caballo que a las fiestas de plazas y calles ciudadanas que aún perduran en nuestras corridas y capeas.

Otras formas de diversiones con toros, tales como su lucha con otras fieras o las que creo aludidas por el poema de Fernán González, podían tener relación con las fiestas ferales del circo romano, sin duda conocidas en España, y con las venationes, asimismo de carácter cir­cense. Con todo, la forma y rito de los festejos españoles eran muy distintos. Pese a la existencia y ejemplo de los circos romanos, no se destina a la fiesta lugar adecuado, y se celebra en las plazas públicas y en las calles, o a lo más en estacadas cuya disposición hace concebir la idea de que no se tuvieron en cuenta los antecedentes citados, con sus arenas y sus dependencias.

A partir de los escritos citados del Rey Sabio, son frecuentísimas las menciones de fiestas de toros en documentos históricos o literarios. Crónicas particulares del siglo XIV, como la de don Pedro, del canciller Ayala o la de don Pero Niño, o del siglo XV, como la del con­ destable Miguel Lucas de Iranzo o la de don Álvaro de Luna, mencionan fiestas de toros, y aun la de don Pero Niño le atribuye hazañas en el coso que demuestran que en tal tiempo, el de los primeros Trastamaras, era empresa caballeresca la de habérselas con un toro en la arena.

Conviene al llegar aquí deshacer el prejuicio de que las fiestas de toros como tales, tengan origen musulmán. Ni un solo texto árabe de esta época o anterior las menciona. Se debe tal idea a la poesía llamada morisca, moda impuesta a nuestro romancero en el siglo XVI.

Es acaso el delicioso libro de las Guerras Civiles de Granada, de Ginés Pérez de Hita, el que hace por primera vez a los moros pro­tagonistas de proezas taurinas al narrar fiestas de la decadente Granada. Su habilidad innegable de jinetes, sus juegos ecuestres de cañas y sortija, en algo semejantes a los de toros, ya regularizados en el siglo XVI como deporte caballeresco, han sido sin duda la razón de tal supuesto, a más que por entonces y para tales juegos, y como tes­timonio de una especie de simpatía póstuma por el vencido, los caballeros españoles vestían convencionalmente el indumento moro.

La más antigua suerte del torear a caballo creo que fue el alanceamiento. Su introductor viene diciéndose que fue don Pedro Ponce de León, hijo del marqués de Zahara, hermano del duque de Arcos, en tiempos del emperador Carlos V, si bien juzgo que tan sólo hizo enriquecer la técnica de la lanzada. Don Diego Ramírez de Haro, tan notable como él en esta suerte y muy poco posterior en el tiempo, censuró su temeridad, que fue ocasión de que perdiera muchos caballos. Tal boga alcanza el deporte que el propio Emperador alancea un toro en Valladolid en las fiestas por el nacimiento de Felipe II, según testimonio de fray Prudencio de Sandoval. De "gran gentileza española" calificaba esta proeza Gonzalo Argote de Molina.

La suerte se verificaba esperando al toro a caballo quieto, en forma semejante a la actual suerte de la pica, quebrando el asta de la lanza con el empuje del toro una vez cebada en su cerviguillo y procurando sacar indemne el caballo.

Esta suerte necesitaba, como todas las de a caballo, algún diestro auxiliar de a pie, que solía ser algún paje del caballero, prevenido al reparo de cualquier accidente.  Los saludos y cortesías a las damas, y en su caso a los reyes o príncipes que presenciaban la fiesta, formaban parte de un ceremonial complicado que había de perdurar hasta mucho después en el rejoneo, y era piedra de toque de la elegancia y gentileza del caballero.

En pleno siglo XVI comienza a ganar terreno otra manera más movida y alegre de torear a caballo: el rejoneo.  Determina esta evolución el cambio de estilo en la monta del caballo, que desemboca en la adopción del de la jineta, es decir, con estribos cortos y ayudas eficaces de las rodillas, que permitían revolver el caballo desenvueltamente y cortar o acelerar sus viajes con rapidez.

"Jineta y cañas son contagio moro", había de decir Quevedo años más tarde; y en efecto, tal monta parecía reñida con la severa tradición castellana, y había de hacer posible los barrocos y suntuosísimos festejos ecuestres que llenan la historia de las fiestas del siglo XVII. Todos los libros de jineta dan reglas para el rejoneo, que sigue considerándose, al igual que la lanzada, como un ejercicio de caba­llería. El instrumento para ir al toro era el rejón, asta de madera, de metro y medio de largo aproximadamente, con una cuchilla en la punta y una muesca cerca de ella por donde había de quebrarse al clavar. La suerte no se practicaba esperando al toro, como en la lanzada, sino yendo a él de frente, con cuarteo mayor o menor y que­brando la vara o asta del rejón tras clavarle la hoja de metal en que se remataba.

Era, como queda dicho, empresa caballeresca, hasta el punto que si en el lance el caballero se considera desairado por algún acae­cimiento fortuito (ser desarzonado, perder alguna prenda de ropa o alguna pieza de la montura o atalaje, etc.), tenía obligación de echar pie a tierra y puesta mano a la espada vengar el supuesto agravio hiriendo al toro con ella. Es lo que se llamaba empeño a pie, y las artes de torear daban reglas más o menos rigurosas sobre tal obligación y discutían sobre los motivos suficientes para tomarla.

El siglo XVII es el de apogeo de este arte: las fiestas reales se revis­ten de un lujo increíble y la nobleza compite en ellas en la habilidad y en el fausto. Un almirante de Castilla, un conde de Cantillana o un duque de Maqueda son protagonistas de las fiestas más brillantes.

Las reglas o tratados para torear se multiplican sueltas y fuera de los libros de jineta, y son muchas veces las gentes más calificadas quienes las escriben. Así un duque de Medina de Rioseco o un personaje calificado como don Gaspar de Bonifaz. 

Paralelamente subsiste el toreo popular en fiestas votivas o señaladas de santos o advocaciones marianas y ello en todas partes desde la corte de Madrid, hasta los pueblos más modestos.

  

En recuerdo, admiración y respeto a Don José María de Cossío – La Fiesta de Toros -