×

Mensaje

Este sitio web utiliza 'cookies' para ofrecerle una mejor experiencia de navegación.

Ver documentos de la Directiva e-Privacy

Ha rechazado el uso de cookies. ¿Desea reconsiderar su decisión?

Proemio

Atrás

 

URO - Bóvido salvaje muy parecido al toro, pero de mayor tamaño, que fue abundantísimo en la Europa central en el Cuaternario y se extinguió en 1627.

Proemio

Al estudiar a los pueblos en todas las huellas de sus pasos progresivos, en todos los estados de su cultura, y en todas las relaciones determinantes de su papel en la grande historia de la humanidad, el criterio necesita fijar clara y distintamente sus puntos de partida; alejándose del afán optimista que reclama en la familia racional la realización portentosa de un mito imposible, como del fatalismo sombrío que negando libertad a la conciencia y rumbo voluntario a los actos del hombre, somete a las criaturas al arbitrio despótico de un destino incontrarrestable.

Si el movimiento social reconoce tres estados progresivos en su entidad absoluta, cada una de sus instituciones, políticas, económicas, administrativas o científicas, obedecerá igualmente a las tres condiciones virtuales en el desenvolvimiento de la actividad humana; porque cada parte de un todo es igual en su esencia y circunstancias al todo de que procede y provino.

Las leyes, las costumbres y las prácticas de los pueblos, contando a la necesidad por común origen, giran como dóciles satélites en la elíptica de la necesidad respectiva. Patriarcales en el Oriente, son complicadas y múltiples en el norte bárbaro de la antigua Europa; siniestras y feroces en la India; simples é ingenuas en la Oceanía; brutales y despóticas en el interior del África; mudables y rebuscadas en los países que agita la civilización en la ebullición férvida (1) de sus inquietas inspiraciones.

Por tanto, en referencia a los espectáculos, hay que inquirir las necesidades morales y físicas que han dado origen a cada uno de ellos, según su índole peculiar y conforme a las épocas, tradiciones y particular situación de los pueblos; bien se refieran a ejercicios puramente materiales o, a recreaciones deleitosas del espíritu.

La ciencia ha descubierto en la polaridad del mundo una corriente que atrae y otra que rechaza; y reflejo moral de esta ley física, las instituciones sociales, desde las constituciones políticas hasta los espectáculos, encuentran simpatías y antipatías en sus introducciones y adelantos; no solo de país a país, sino de individuo a individuo en una propia comarca. Si en su origen los espectáculos reproducen el carácter típico de los pueblos, y son apacibles y artísticos en los de privilegiado clima, y fogosos y materiales en los que habitan lugares fragosos o latitudes extremas, pronto la cultura introduce la variedad en beneficio de las propensiones diversas en una misma región.

Los espectáculos, creados por la necesidad de compartir el tiempo entre las faenas del trabajo y las recreaciones del espíritu en treguas periódicas de su actividad, representan al vivo el carácter peculiar de cada país, sus condiciones particulares, y sus tendencias al progreso en relación con su destino en el continente que ocupa.

Una vez que los espectáculos pasan por las modificaciones distintas que el estímulo activo de la utilidad impone a su primitiva esencia, y con arreglo a la mayor o menor aptitud de cada región y de cada localidad para recibir más o menos íntegramente las bases de su planteamiento y consiguientes resultas, la conveniencia, que es la suma del impulso humano, los encuadra en el panorama de la civilización en su respectiva categoría; los radica en las costumbres por medio de combinaciones discretas que conceden sucesivo espacio a todas las especies de divertimientos que importa, amplifica y difunde; reparte el turno de sus emociones diversas en temporadas, ocasiones y críticos intervalos; convida con los goces más varios a todo género de propensiones, gustos y caprichos, y eleva al término relativo de perfectibilidad cada especialidad recreativa, hasta los grados que denotan ese apogeo de la cultura, precursor de la decadencia en el inestable destino de las generaciones.

Henos aquí en plena, cuestión de lidia de reses bravas, y explicados ya los fundamentos constantes de las instituciones de la humana familia en sus leyes virtuales y procedimientos típicos, y aplicados estas leyes y estos procedimientos a la especialidad social de los espectáculos, entramos con desahogo y firmeza en el toreo por un camino desembarazado, y que conduce al terreno ancho y sólido, en que nos toca plantear y resolver todas y cada una de las cuestiones que nacen de nuestro festejo característico, y además combatir y anular completamente las objeciones, más o menos diestras, más o menos leales, que se formulan contra su índole esencial, sus efectos y su situación.

Habremos de adelantar algunas indispensables noticias acerca de las razas taurinas; sin perjuicio de versar tan importante materia con la extensión y lucidez que nuestras fuerzas alcancen, y el objeto de semejante análisis impone a nuestra investigación cuidadosa. No será ocioso advertir que al ocuparnos de la naturaleza del toro en su primitivo estado salvaje, y cuando la ley de la necesidad sugirió al hombre la idea de anexionar a su dominio a esta fiera, susceptible del influjo físico y moral de la doma, prescindimos voluntariamente de las conjeturas modernas sobre las evoluciones anti-diluvianas del planeta opaco en que residimos, y de las huellas pre-históricas de las criaturas fósiles; porque entendemos excesiva esta clase de ilustración para el propósito de nuestros anales, y mucho más en un período de transición a la reseña histórica del toreo en nuestro país. Sean lo que hayan sido las razas animales en las subversiones que la ciencia se congratula de haber descubierto en las edades misteriosas de la tierra, y resulte lo que quiera de la oscura indagación de unos tiempos, sepultados en la tenebrosa sima del olvido, bástenos encontrar su origen a la conexión primaria del hombre con el toro en las tradiciones más remotas de la antigüedad explorada. Pasaremos de estas adquisiciones seguras a la utilidad, que inspiró a los pueblos la reunión en ganado de la raza bovina y su lucha con la fiereza nativa de esta raza; terminando en la conveniencia que erigió en espectáculo el hábito de esta lid, en que el hombre aprovecha la superioridad de sus movimientos respecto a un animal, que es más fuerte que ágil y más bravo que astuto: circunstancias específicas y excepcionales, que le hacen capaz de lidia, esto es, de suertes organizadas para frustrar la bravura y la fuerza con el empleo de la serenidad y la maña.

Supuesto que todos los institutos humanos han tenido que seguir un curso progresivo y demarcado de la necesidad a la utilidad, y de la utilidad a la conveniencia, el toreo en su calidad de espectáculo no ha podido eximirse de los trámites naturales y precisos de toda institución social.  

Si el espectáculo agrada, se sostiene y ayuda con la constante asistencia de muchos espectadores que, enseñando a otros el camino, forman el núcleo que mantiene la afición, y la propagan y aumentan. En el caso contrario, cuando el espectador no goza, no se entusiasma, inútiles serán de todo punto cuantos esfuerzos quieran hacerse para sostener, no ya para propagar, funciones que no satisfacen el gusto, ni llenan las necesidades de un pueblo; que necesidad es, como va dicho, la de procurar recreos y diversiones que esparzan su ánimo y le distraigan de sus faenas ordinarias.

  

 En recuerdo, admiración y respeto a Don José Velázquez y Sánchez - Anales del Toreo - 1868  


 

(1) férvido, da Que hierve. Que arde. Que causa ardor.