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Ecuador

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LA HISTORIA DE LA TAUROMAQUIA EN ECUADOR

 

ECUADOR

Observando don Sebastián de Velalcázar un sitio ameno y delicioso entre varias montañas, fundó en él, por los años de 1534, una bella ciudad, que llamó San Francisco de Quito.

Está situada la ciudad de San Francisco de Quito como a medio grado hacia el Sur de la línea equinoccial, y casi a los trescientos grados de longitud. El sitio es ameno, fresco y apacible, de suerte que parece una continua primavera, por eso llamaron a la ciudad «el siempre verde Quito». El temple, generalmente fresco por todo el año, como no da lugar a los excesivos calores, tampoco admite los rigores del frío y así dicen los naturales de la ciudad: «en Quito, de uno y otro enemigo, poquito.»

En lo tocante al tema taurino, se admite que la actividad fue mucha en Quito, pero se conservan pocos antecedentes históricos.

¿Cuándo y cómo empezó el toreo en tierras ecuatorianas? La crianza del toro en este país llegó con los conquistadores y primeros misioneros colonizadores. Se atribuye su origen a los jesuitas, que lo emplearon para amedrentar a los colonos dispuestos a robar el ganado que pastaba por la extensión de la cordillera oriental de los Andes.

Es posible y, además, es la especie más generalizada. En Historia de la Compañía de Jesús en la antigua provincia de Quito, 1570-1773 (tomo II), de José Jouanen, S. I., el ilustrísimo González Suárez dice: «que los jesuitas habían llegado a ser entre nosotros una potencia económica formidable, con la cual ya nadie podía competir».

«Cinco haciendas -escribe el autor del libro- solamente produjeron una renta superior a 2.000 pesos anuales: la de Pedregal, 6.010 pesos, 2 reales en poder de los jesuitas y 5.226 pesos y 4 reales en poder de los secuestradores.»

Y añade: «En el inventario del secuestro practicado en la hacienda del Pedregal, fol. 325-v, se encuentra esta partida que transcribimos íntegra sin cambiar una letra:

Sacha estancia agregada

a la misma del Pedregal».

Y se extiende en más consideraciones sobre este principio de inventarización.

Entre las ganaderías de toros del Ecuador se cita la del Pedregal (Francisco Chiriboga Bustamante), con divisa amarilla y roja y señal, ambas orejas cortadas en su mitad, desde tiempo inmemorial, que en época de la colonia la poseyeron los jesuitas, aunque el nombre no se registrara en los anales ganaderos hasta muchos años después.

Pero la historia, como decimos, más generalizada, es que los misioneros iban fundando sus iglesias y conventos en las ciudades, a su lado plantaban huertos, que ellos mismos cuidaban y cuya guarda confiaron a perros. Pero los indios, lejos de amedrantarse, cometían reiteradas raterías en los huertos de la Comunidad. Ante el fracaso de los perros guardianes, que no lograban impedir las rapiñas, los santos varones pensaron utilizar toros encerrados, se cree de origen navarro, en una doble tapia que circundaba la huerta cortando el paso del callejón, de trecho en trecho, a fin de que las reses no se vieran ni se amadrinasen, y prontas a embestir al menor ruido o movimiento que advirtiesen. Según parece se lograron los fines perseguidos, hasta que los indios intuyeron ciertas habilidades con que burlar a los animales, sin duda un toreo en estado primario.

En El Arte Ecuatoriano (Quito, 1960) el padre José Vargas, dominico ecuatoriano dedicado al estudio del arte colonial del Ecuador, cita los acuerdos de cabildo en 1595, 1610, 1614 y 1616, que ya hacen referencia a jugar y correr toros, citando una noticia de 1549 sobre corridas de toros en Quito con motivo de las celebraciones de la Pascua.

La Bula que el papa Pío V expidiera contra las corridas de toros tiene su repercusión en el Concilio Provincial de Lima (1567), condenando tales festejos. A instancias de la corona española, el papa Gregorio XIII atenúa en 1575 las medidas tomadas.

Escribe el padre Jaime-Manuel Mola, O. F. M., residente en Ecuador durante dieciséis años: «Festividades religiosas en 1603 por la canonización de San Raimundo de Penyafort: También la onda llega a Quito y, celebradas las estrict-amente espirituales, le tocó al Cabildo organizar las cívicas y sociales: «Saraos de moros y moras, damas y galanes, luminarias en toda la ciudad, juegos de pólvora, trompetas, chirimías, máscaras, carros de invenciones...» Y el día 8 de agosto del mismo año «huvo juego de toros y cañas en la plaza mayor de esta ciudad, con doseles, damascos y muchos tablados». El cronista de los cabildos de Quito sigue describiendo los preliminares; «y luego se corrieron algunos toros..., y después de ellos salieron veinticuatro montañeses, jinetes con sus libreas de tafetán, marlotas y capellares y villanaje...».

Otro hecho ocurrido el 20 de febrero de 1606, demuestra el alto predicamento de que gozaban las corridas de toros en la sociedad quiteña.

Llegó la noticia del nacimiento del príncipe heredero Felipe III y en el aniversario (20 de abril) los comisionados para las fiestas ya desartollaban el programa, empezando las fiestas religiosas proclamadas con bandos «al son de atabales, trompetas y clarines». Todo estaba acordado por el Cabildo de la ciudad, pero había que esperar las «telas de Castilla».

    Llegaron las telas especiales para los torneos y tuvieron lugar «las corridas de toros y el juego de cañas con libreas». «Se resolvió que dieran a los toros lanzadas a caballo, costeando las lanzas, el hierro y los caballos, y que se corriese la sortija a la brida y a la jineta.» (Resumen de las Crónicas de Cabildos de Quito, vol. XX, estudiadas por el padre Vargas en la edición de 1964.)

     Otro acto taurino tuvo lugar en 1631 «con corridas de toros en la plaza grande, siendo interpretado como buen augurio (para el príncipe heredero de Felipe V), que no huvo muertos ni desgracias de ningún género».

     La fiesta de los toros iba arraigando en Quito. El padre Jaime-Manuel Mola, franciscano, hace mención de la corrida celebrada en 1823, descrita en el Monitor Quiteño y reproducida en el Museo Histórico, año X, número 31, bajo el título «Relación de festejos con que celebró la ciudad de Quito, etc.».

     «Los toros tuvieron lugar en la plaza grande y por la tarde, siendo calificadas estas corridas de "barbarie de los conquistadores", aunque reconociendo, no obstante, que "siempre fueron la diversión favorita del Pueblo Quiteño". Cuenta el citado Monitor que los toros iban engalanados con lazos de cintas y cubiertos de colchas exquisitas de seda con inscripciones alusivas a la fiesta que se celebraba, el primer aniversario de la batalla de Pichincha.»

Dentro de las costumbres taurinas cabe citar los toros embombados, que se celebran por las noches. «Las diferentes descripciones que tenemos -dice el padre Mola- coinciden en lo de los petardos o fuegos de artificio entre los cuernos del toro, capeos similares a las corridas de la tarde, con mayores riesgos personales ... El pobre toro era sometido a tormentos y sustos continuos y, aun regresando a los corrales, tenía que perder forzosamente el juicio (si lo había tenido).»

En las Crónicas del Guayaquil antiguo, según narraciones de Modesto Chávez Franco (1872-1952) constan también corridas de toros embombados.

También son populares las corridas de Píllaro (Carnaval, Pascua, Navidad y Santiago Apóstol) con una duración de tres a quince días, según José M. Coba Robalino en su Monografía general del cantón Píllaro; las fiestas de San Pedro, en junio, en Alausi, con vaqueros ata-viados con ponchos y zamarras relucientes de broches metálicos, trofeos de colchas finas, con varios toros bravos en cada tarde, con abundancia de chinganas y huaylangas (lugares de expendición de alimentos y bebidas durante las corridas), buenos hornadas, chichallapingachos y canelas; todo al son de pasodobles, sanjuanitos y cachullapis.

En el viejo Polileó (admitimos el que fue víctima del terremoto denominado de Ambato) las corridas eran presididas por una reina, había madrinas para cada toro y mucho guarapo que los priostes debían facilitar.

     En Yaruqui, en ocasión de la Natividad (8 de septiembre, fiesta celebrada en Ecuador desde 1575), se celebran festejos taurinos.

Ambato, tierra «de las llores y de los frutos», capital de la provincia del volcán Tungu-rahna, tenía tradicionalmente las fiestas de las Uyanzas (final de las cosechas), pero como centro comercial y cultural ha desarrollado actualmente las corridas organizadas por los actuales sistemas turísticos.

Sin embargo, en.las haciendas de Mojanda, en Ibarra y en la provincia del Cañar, las Uyanzas han conservado siempre el sabor popular.

     Entre las principales derivaciones folklóricas de la fiesta de los toros señalemos la danza Bundi, con alusiones taurinas; la vaca loca, disfraz zoomórfico, no de un cuadrúpedo astado, y que representa a un personaje tradicional en autos populares. A veces aparece con un notable polvorín entre los cuernos, lo cual ahuyenta a los aficionados o les hace penoso y difícil conseguir alguno de los regalos que lleva prendidos en el disfraz.

      El padre Jaime-Manuel Mola, franciscano, asegura que «hay vaca loca en Quito, en las fiestas de barrio; pero en muchos pueblos forma parte del calendario social. En la provincia de Pichincha es infafible la vaca loca en Tabacundo, Pesillo y Cangahua en las fiestas de San Pedro Uunio); Ibarra Uulio), Sicalpa Viejo (agosto) y San José de Chimbo (miércoles de ce-niza)».

     De esta remembranza histórica del toreo en Ecuador en tiempos de la Colonia, se ha trans-mitido de generación en generación el recuerdo de las capeas o corridas de toros que se cele-braban en Quito, en la plaza de San Francisco, en la del Teatro y en la Recoleta, junto a un vetusto convento de las Hermanas de la Caridad.

Se conmemoraban las fiestas de La Candelaria, el 2 de febrero (durante seis o más días) y adquirieron mucha notoriedad. Se iniciaban por la mañana y duraban hasta la noche. El público tomaba parte activa y toreaba hasta cansarse. Al último de la tarde se le llamaba «el toro de la oración», que era más bravo, más agreste y de más sentido.

También era celebrada la festividad de San Marcos con corridas de toros en la calle Manabí. En tales suertes de festejos no se valoraba la categoría de los que tomaban parte, sino la calidad de las reses que eran seleccionadas por los jíferos o matarifes.

Se tiene noticia de que ya a últimos del siglo XIX, allá por el año 1898, se celebró por primera en Quito una corrida a la usanza española y los toreros vistieron de luces. La plaza, da con carácter provisional, era un pequeño coso de madera y estaba en unos terrenos en los que hoy se levanta el barrio Manuel Larrea.

En la función inaugural actuaron los diestros españoles Manuel Pomares, Manuel Vera, Gregorio Lazo, Antonio Linares y José Maceo. En esta plaza actuó también el venezolano Sebastián Rivero (el Chaleco). sufriendo una gravísima cogida.

Poco tiempo después se desarmó este coso, construyendo un grupo de aficionados, encabezados por los hermanos Delgado, Víctor Luis y José Rafael, otra placita provisional, de mayor capacidad, cubierta toda la parte del tendido de sombra y, posteriormente, la del sol, al de que el público se hallase resguardado de las lluvias.

Inauguró dicha plaza en 1905 el torero colombiano Miguel Vásquez ( Boccacio ). Estaba ubicada esta plaza, de madera también, en Guangacalle, hoy avenida Colombia. Su aforo era de 3.000 a 4.000 localidades. Y, entre otros, actuaron Hermosilla, Froilán Pérez (Chatillo}, o Leal (Llaverito), Francisco Bona! ( Bonarillo ). Francisco González (Faíco), Juan Ruiz (Piñoncito) y Antonio Olmedo ( Valentín).

También hizo su presentación en esta plaza una cuadrilla de señoritas toreras, practicando María Soriano (la Sorianita) el rejoneo en bicicleta. Y, por vez primera, se introdujeron las suertes de Don Tancredo, el salto de la garrocha y banderillas en silla. Hizo su aparición en este coso el diestro nacional Maximiliano Espinosa (el Mandanga), apodo que cambió, después, por el de Marinero.

El coso de Guangacalle tuvo, como la mayoría de aquellas plazas, una vida harto efímera. En 1918 Francisco Bonal (Bonarillo) y su hijo Paquito inauguraron una pequeña plaza de madera instalada en San Blas, unos amplios terrenos de don Abel Guarderas.

En 1920 fue inaugurada la plaza Belmonte, más amplia y mejor construida, situada en el lugar denominado «El Bebedero», ahora calle Antepara. La función inaugural la integraron Manuel Mejías (Bienvenida) y Miguel Báez (Litri).

El 12 de octubre de 1930 abrió sus puertas en Quito la plaza de «Las Arenas» de Quito, edificada gracias a la iniciativa de don Reynaldo Flores Galindo. El cartel fue: Juan Silveti y José Moreno (Morenito de Zaragoza), con toros del Pedregal (doctor Francisco Chiriboga). El 7 de mayo de 1948 se cerró esta plaza por la municipalidad para realizar en ella obras de reparación.

Pero Quito necesita una plaza de mayor capacidad. El 12 de marzo de 1950 se celebra una corrida a beneficio de los damnificados por el terremoto de Ambato. Se improvisa una plaza, denominada «España» (aforo: 12.000), en el sitio en que se está construyendo el Estadio Olímpico Atahualpa. En esta singular corrida alternan Félix Rodíguez II y los hermanos Pepe y Luis Miguel Dominguín.

Al Jefe del Estado español, Generalísimo Franco, se debió el obsequio que de sus toros hicieron los ganaderos Domecq, Viuda de Molero, Antonio Pérez, Herederos de Montalvo, Prieto de la Cal, Pedro Gandarias y Atanasio Fernández; este último toro se quedó sin lidiar. «Al final de la corrida -dice don Luis en Toros y Toreros- en medio de los acordes del Himno Nacional de España y a los gritos de ¡Viva España! y ¡Viva Franco! los doce mil espectadores hicieron salir a los medios al embajador español, conde de Rábago, para tributarle una gran ovación de agradecimiento y simpatía.»

Galo Plaza, presidente constitucional de la República, agradeciendo la colaboración de los toreros Pepe y Luis Miguel Dominguín en la corrida a beneficio de los damnificados del terremoto del 5 de agosto de 1949, en decreto dado en el Palacio Nacional de Quito, a fecha 15 de marzo de 1950, otorgaba a los citados diestros la condecoración de la Orden Nacional «al Mérito» en el grado de «Oficial».

Un suceso curioso ocurrió en la corrida celebrada en la plaza «Las Arenas» el 27 de agosto de 1952. Actuaban en dicho festejó Silverio Pérez, Rafael Rodríguez y Guillermo Camacho, que tomaba la alternativa. Los toros de Arturo Gangotena provocaron tal bronca por su falta de peso y trapío, que, alarmada la autoridad, decidió suspender la corrida cuando se lidiaba el tercer toro. Un caso poco frecuente, en verdad.

El público quiteño venía demostrando ya su mayoría de edad en materia taurina y comprobándose que el aforo de «Las Arenas» era insuficiente se pensó en la construcción de un coso más amplio.

El 26 de junio de 1959 se firmó en Quito el contrato para la construcción de la nueva plaza de toros entre la Cámara de Agricultura y la Compañía Urena-Atlas; comprometiéndose la compañía constructora en entregar el coso taurino en el plazo de ocho meses para poder ser inaugurada en los días previstos para la celebración de la Conferencia Interamericana de Cancilleres.

Con fecha 5 de marzo de 1960 tuvo lugar la inauguración de la Monumental Quito, también llamada plaza de Iñaquito. Alternaron Luis Miguel Dominguín, Pepe Cáceres y Manolo Segura, que estoquearon tres toros de Santa Mónica y otros tres, mejicanos de La Punta. La capacidad de la plaza es para 16.000 espectadores.

Haciendo una pequeña regresión cronológica hablemos nuevamente de Guayaquil que, pese a sus antecedentes taurinos, no goza en el toreo de un índice muy ponderado, esta es la verdad. Pero nefasto, desde luego que sí.

Existió una placita de toros, de madera, a orillas de un brazo de mar, llamado El Salado, con una capacidad para unas 3.800 personas aproximadamente. A «La Macarena», que así se la conocía, fue a torear el 9 de octubre de 1953 el diestro español Aurelio Puchol (Morenito de Valencia), alternando con Rafael González (Machaquito de Madrid) y Salomón Vargas, quien tomó la alternativa.

Alfredo E. Paredes Rivera describe así la mortal cogida del desventurado y fino torero Morenito de Valencia:« ... Valiente el diestro se fue al astado (el segundo de la corrida era de la ganadería de casta española de Lorenzo Tous Febres Cordero) y le recetó dos molinetes escalofriantes. A esta altura de la lidia el berrendo se había crecido y buscaba pelea. Al retroceder Morenito en un pase, tropezó y cayó al descubierto, cebándose el toro con el caído.» Y agrega el señor Paredes: «... le vimos oprimirse el vientre, haciendo notar el dolor que sentía. Al quitar la mano, los intestinos asomaron y en el acto fue conducido a la clínica Crespo.»

El doctor Emiliano Crespo Toral, con fecha 14 de octubre de 1953, certificaba: «Que el señor Aurelio Puchol Aldás, R. l. P. Morenito de Valencia fue sometido a intervención quirúrgica de urgencia en la corrida de toros del día 9 de octubre. Los hallazgos principales fueron: Herida penetrante del abdomen a nivel de la región umbilical y fosa iliaca izquierda se encontró ruptura del ihtestino delgado, gran hemorragia interna, con herida del mesenterio que comprometía la vitalidad del intestino delgado. Ruptura del músculo psoas izquierdo. Hemorragia de la vena ilíaca izquierda, probablemente lesión del ureter izquierdo.

»Sometido al acto operatorio se procedió a realizar resección intestinal con entero-enteroanastomosis término terminal, sutura y ligaduras de los elementos anatómicos lesionados.

El señor Puchol falleció a las 10 p. m. del día 9 de octubre; diagnosticándose como causa fundamental del fallecimiento hemorragia interna y shock irreversible.»

En marzo de 1960 y a la vista de los éxitos de Luis Miguel Dominguín en Quito, se improvisó en el estadio Campell de Guayaquil una plaza de toros, una parte cerrada con palcos y la otra mitad con malla metálica. Se lidiaron toros de Arturo Gangotena y actúaron Luis Miguel Dominguín, Pepe Cáceres y Manolo Cadena Torres. Se llegó a dar cabida a 20.000 espectadores.

En octubre de 1973 y después de más de trece años de inactividad taurina volvieron a darse toros. El Club Taurino «Guayaquil» organizó un festival taurino en colaboración con la Sociedad Española de Beneficencia.

Otro suceso trágico viene a ensombrecer la panorámica taurina de la ciudad porteña de Guayaquil en 1975. Fue Domingo González Lucas (Dominguín) a tierras guayaquileñas dispuesto a dar tres corridas (de Huagrahuasi, Llin Llin y de «Aracataca», esta última hacienda de su propiedad) para las fiestas de octubre, pero no respondiendo el público a las combinaciones trazadas, fácil era prever una pérdida considerable.

Total que, muy posible ante la adversidad económica, a las primeras horas de la noche del día 12 de octubre, se suicidó en la habitación de un lujoso hotel.

     Por medio de una carta dirigida a sus parientes, manifestó el deseo de ser enterrado en el cementerio de la pequeña población andina de Cayambe, en cuyo término poseía el torero la citada hacienda. Estaba tramitando la nacionalidad ecuatoriana.

Poca suerte tienen los toreros, ciertamente, en Guayaquil.

Son famosas las corridas de Ambato, capital de la provincia de Tungurahua, a unos 120 kilómetros de Quito.

Hasta inaugurarse la plaza de San Juan de Ambato, de madera (aforo: 3.500), el 3 de marzo de 1948, se tiene noticia que, desde comienzos de siglo hubo unas seis plazas más, todas ellas también de madera, con poca capacidad, y construidas por voluntad de buenos aficionados que se ejercían en el toreo en festivales.

Junto al estadio de Bellavista se construyó, después, otra plaza de madera llamada «La Macarena», de muy corta duración.

Tras un período de abstinencia taurina por no disponer de plazas de toros, el 17 de marzo de 1963 se inauguró la actual Monumental de Ambato (aforo: 11.000) alternando los diestros Rovira, Miguel Ortas y Vázquez JI. Se lidiaron tres toros de José María Plaza y tres de Arturo Gangotena.

La feria de Ambato « Fiesta de la Fruta y de las Flores», se ce.lebra en febrero, durante el carnaval.

Un suceso trágico ocurrió en una corrida celebrada en febrero de 1968 y en la que tomaron parte Joaquín Bernadó, Osear Cruz y Paco Pallarés.

Varios chicos, queriendo ver la corrida y burlando la vigilancia de la guardia, entraron por los corrales y se encaramaron por el chiquero en que estaba un toro cárdeno que debía salir en sexto lugar. Uno de ellos, el joven Washington Ernesto Manzano Tamayo, perdió el equili-brio y cayó. Queriendo auxiliarle se abrió la puerta del toril, pero el muchacho murió trágicamente corneado. Un total de diecinueve cornadas serpenteaban por su cuerpo. El toro fue devuelto a los corrales y muerto a balazos.

Citemos, entre otras plazas más, la de Guaranda, inaugurada el 17 de julio de 1948, y la de Riobamba (aforo: 6.000) estrenada el 20 de abril de 1952 con Morenito de Valencia y Belmonteño. que sólo mató un toro a causa de la lluvia. La de Tambo Mulaló es propiedad de la sociedad Proaño-Cobo. Aforo: 1.000 espectadores.

El 10 de  marzo de 1979 se produjo una tragedia en Gualaceo, cerca de Cuenca, al derrumbarse los graderíos de una improvisada plaza de toros.

Este escenario se había levantado provisionalmente para la celebración de cuatro corridas de toros dentro del programa de las fiestas del Durasno.

Según informaba el hospital Vicente Corral, poco después de producirse el hecho el número de muertos se elevaba a diecisiete y el de heridos, doscientos.

Las víctimas fueron consecuencia tanto del derrumbe de los graderíos como del pánico y confusión que hizo presa del público que llenaba el recinto por encima de su capacidad.

Haciendo un nuevo inciso en lo tocante a la ganadería brava citemos la de Santa Mónica (propiedad de don Luis Ascásubi), que se desenvuelve al pie de la misma línea equinoccial, en las feraces campiñas del «vergel de las Indias».

Esta ganadería -la más antigua de casta- tuvo sus comienzos en 1936 con doscientas vacas ecuatorianas, escogidas por su trapío y nota, descendientes de aquel ganado bravo español importado, como ya dijimos, por los conventos de la época colonial para dificultar el robo por los indios de la sierra.

A estas hembras se unieron dos becerros, elegidos en tienta, de Mondoñedo, pura sangre Vistahermosa, y procedentes de Santa Coloma, dando así una camada de mestizos francamente superior.

Continuó los cruzamientos el señor Ascásubi durante sucesivas generaciones, refrescando más tarde la sangre con nuevos sementales puros, al punto que han ido saliendo productos, por su bravura, nobleza y trapío más uniformes en relación con la casta andaluza Vistahermosa. El hierro es una A dentro de un círculo, la divisa es anaranjada y morada.

Pero no obstante la buena nota de tales ganaderías, la producción de reses de lidia no abastece el mercado nacional y es necesario importar toros españoles para la celebración de la feria de Quito.

En el apartado dedicado a las víctimas del toreo anotamos: el banderillero español Antonio Díaz y Santos (Señorito), cogido en Quito el 15 de abril de 1906. Murió el día 17. El novillero español Rafael Fernández (Belmonte de Málaga) sufrió en Quito, el 14 de junio de 1942, tan grave cogida que le ocasionó la muerte.

    En julio de 1955 falleció repentinamente en Quito Benjamín Chávez (K-Chito), decano de los cronistas del Ecuador.

Entre los escritores actuales más notables en esta especialidad figura don Alfredo Parede Rivera.

Al hablar de la feria de Quito lógico es explicar su bautismo y el trofeo que le distingue. Poco tiempo después de haber puesto en la iglesia del convento de San Francisco una famosa imagen de Montañés (un Nazareno portando la cruz), de cuya visión sólo habían gozado los frailes dentro de la clausura, nació la gran feria de Jesús del Gran Poder.

    «Cuando nos reunimos para darle un nombre -dice el padre Jaime-Manuel Mola, O. F. M.- el padre Francisco Fernández, franciscano ecuatoriano que fue hasta su muerte capellán del ulto o devoción a esa imagen, manifestó el deseo de que llevara un nombre sevillano. Yo tuve la idea de decir: Jesús del Gran Poder.» Y, realmente, así se conoce a la feria quiteña. El primer trofeo se estableció en 1961 y le fue concedido a (Pedrés). En 1962 fue Joaquín Bernadó quien obtuvo el trofeo Jesús del Gran Poder no sólo por haber hecho la feria más regular, sino por una de las faenas más magistrales que se recuerdan.

Sobre la temporada española de Luis Miguel Dominguín en 1973, el notable bibliófilo y erudito aficionado don Claudio Peñas Llorente ha resumido: «... toreó 45 corridas, bien de facultades y con éxitos plausibles. Su última corrida fue en Barcelona el 23 de septiembre, marchando a Ecuador para tomar parte en la feria de Jesús del Gran Poder. El destino, si no le pone enmienda el propio Luis Miguel, había señalado, allí, su imprevista retirada».

En efecto. Salió a torear en la Monumental Quito el 1 de diciembre de aquel año 1973 con Palomo Linares y Edgar Peñaherrera, que tomaba la alternativa. Era una corrida concurso de ganaderías con toros de M. Gallardo, A. Pérez, Juan Mari Pérez Montalvo, Fermín Bohórquez, Francisco Galache y Luciano Cobaleda.

Dejó en su primero -de Francisco Galache- una estocada entera, pero al salir de la suerte -diría después Luis Miguel- «me dio con la pala y me tiró al suelo. Allí hizo por mí». El parte médico decía: «fractura del peroné derecho, un fuerte traumatismo en la espalda y varetazo en el muslo izquierdo».

       Existe la leyenda de la sangre de toro. Ocupa una enorme cuadra (manzana) el convento de San Francisco en Quito. Con su gran iglesia, varios claustros, una huerta y patios con el colegio de San Andrés. Circunda este conjunto una muralla que nunca fue destruida por los terremotos. Fue construida por los españoles y están hecha de ladrillo cocido. La argamasa o mezcla de unión tiene un dedo de grosor y es idea generalizada de que contiene una cantidad de sangre de toro, causa por la cual los terremotos no han podido abrir una rendija en la muralla.

 

Fuente: Tomo VI del Tratado Técnico e Histórico LOS TOROS de D. José María Cossío – Editado por Espasa Calpe, S.A. Madrid 1981