TOROS EN CHILE - LOS COMIENZOS
TOROS EN CHILE – LOS COMIENZOS –
La independencia americana trajo como consecuencia la supresión de las corridas en todas las nuevas Repúblicas, pero en algunas retoñó, y con fuerza, de que son testigos Méjico, o Perú, o Colombia, o Venezuela; pero en otras, y entre ellas Chile, la supresión tuvo tal eficacia, que desarraigó totalmente la celebración de las corridas, ya que no la afición de todos los chilenos. Ello hace que entre las Repúblicas americanas sea Chile de las de menor tradición taurina, o dicho más propiamente, de las de menor fama o nombradla en relación con la Fiesta de toros. Mas la tradición torera existe como en todos los lugares a donde ha llegado nuestra cultura.
La tradición chilena de toros tiene el suficiente interés para que pueda divulgarse entre los aficionados a estos aspectos históricos del toreo, y ello trato de hacer fundándome en los datos y noticias que nos proporciona el libro “Juegos y alegrías coloniales” de don Eugenio Pereira Salas, donde traza un cuadro sumamente interesante de esta tradición.
Las dificultades para la organización de las primeras corridas en Chile hubieron de ser considerables. En 1546 se introducen los primeros ejemplares de ganado vacuno, veinticinco reses. De este reducido lote habían de salir los toros que se lidiaran, a más de otros lotes que se irían introduciendo. En 1555 se lidian por primera vez en Chile, y en 1575 se hace un primer intento de reglamentación reglamentación del espectáculo, que, sin duda, había adquirido ya volumen para interesar a las autoridades. Esta primera etapa de la tradición taurina tropieza con el obstáculo de las prohibiciones pontificias. La primera, de Pío V, es de 1562, y aunque en España no llegó a tener total efectividad, en Santiago de Chile se creyeron las autoridades en el caso de consultar al señor obispo la licitud de autorizar las corridas, y hasta de solicitar su licencia para ello. Debió haber sobre el caso censuras y resistencias; pero, al fin, salió triunfante el deseo del vecindario, y las corridas siguieron celebrándose.
En 1612, el Cabildo de Santiago concede a Juan de Astorga el monopolio de la carne, pero con la condición de que había de facilitar toros, por dos veces en el año, "para la fiesta de la ciudad". A partir de esta fecha se festejan con fiestas de toros toda clase de acontecimientos felices o conmemoraciones. Entrada de gobernadores, juras de reyes, nacimientos de príncipes, festividades notorias, son festejados con fiestas de toros, que debieron tener carácter muy parecido a las que se celebraban en España, rebajada la brillantez y el fausto, pero conservado el carácter y vivas las costumbres.
Sabemos que en el siglo XVII comparecen en la Plaza de Santiago de Chile, para rejonear toros, caballeros de la mayor distinción, nobles que gustaban de lucir su destreza en la equitación y en la noble esgrima del rejoneo. Sin duda, el pueblo tomaría parte en el regocijo como algo más que espectador, pero aun no aparece el tipo del lidiador profesional. La afición se extiende rápidamente por todo el país. En La Serena, en Concepción, se celebran brillantes fiestas de toros en los finales del siglo, y como en Santiago, son caballeros ilustres los encargados de dar realce a la Fiesta.
Tales son los comienzos de la afición taurina en Chile, y tal el carácter de las fiestas de toros en los siglos XVI y XVII. Nada añaden de nuevo a las características de la evolución de la Fiesta, lo mismo en los demás países americanos que en España, cuyas maneras taurinas se imitaban al pie de la letra. Sin duda, los emigrantes más recientes darían con sus noticias la pauta de la organización y carácter de las fiestas de toros metropolitanas; y puntualmente se seguían tales instrucciones, hasta el extremo de poder servir estas noticias, suprimidas circunstancias de lugar y nombres de personas, como esquema o resumen del carácter de las fiestas de toros en la Península. Como en ésta, pronto ha de sobrevenir la decadencia del toreo caballeresco y la preponderancia del profesional.
Tan sólo un tipo de corridas, las que entre nosotros se llamaban votivas, por corresponder su celebración a un ofrecimiento o voto hecho a algún santo o advocación en tiempo de calamidades, o para prevenirlas, no parecen tener representación en Chile. Ellas motivaron en España ruidosas protestas de eclesiásticos y letrados, por su incongruencia con la piedad que tales votos debieran implicar. Pero estas polémicas han de suscitarse en Chile en el siglo XVIII cuando traten de utilizarse los rendimientos de las fiestas taurinas para fines piadosos o caritativos.
Por: Don José María de Cossío (De la Real Academia Española)
BDCYL - Semanario Gráfico de los Toros – El Ruedo – Madrid, 25 de noviembre de 1948