"PERROS" - Por: D. José María de Cossío

Echan perros al toro.
Tres perros hacen presa en el toro, que se defiende de ellos; otros dos se abalanzan hacia la fiera, y otro está más a la derecha, como herido sobre la arena, pero queriendo todavía atacarla. En segundo término, un alguacil, de espaldas, en su caballo, a galope corto. Al fondo: la barrera. La Tauromaquia de D. Francisco de Goya y Lucientes.
"PERROS"
PLAZA DE TOROS DE SEVILLA
AVISO
Según orden del Excelentísimo Sr. Gobernador Civil de la Provincia, quedan prohibidos los perros de presa en las corridas, como asimismo el uso de la media luna. Lo que se anuncia al público para su conocimiento.
Sevilla, 13 de abril de 1883 - La Empresa

José María Cossío - tan depurado escritor e investigador y erudito de muy subida excelencia- publicará en breve una obra que llevará por título el siguiente: “Los Toros. Tratado técnico- histórico". Serán tres volúmenes en cuarto de más de 700 páginas cada uno. De ese libro forma parte el capítulo que en estas páginas publicamos, titulado “Perros", y dedicado a estudiar una de las fases de la fiesta de toros, cuando se empleaban perros contra el toro, hasta que las autoridades lo prohibieron. No necesitamos llamar la atención de nuestros lectores sobre el interés, elegancia y rigor histórico del trabajo de Cossío. Ellos lo apreciarán desde las primeras líneas.
Nada suscita más vivamente la sospecha de un origen venatorio del toreo que el uso, hasta época bien reciente, de alanos o perros de presa para sujetar y rendir a los toros.
Una estela de Clunia, conservada en el Museo Arqueológico de Burgos, nos muestra una vaca con un perro encima sujetándola, representación, para mí indudable, de una escena de caza de una res vacuna con destino probablemente a un sacrificio religioso. El uso de los perros para estas cacerías, como para las demás, debe de ser costumbre de las más primitivas, y el conocerla en su apogeo en la Edad Media y primeros siglos de la Moderna, autoriza a afirmar que, además de primitiva, nunca fue interrumpida.
La primera mención del uso de perros en fiestas taurinas creo que es la de la "Crónica" latina de Alfonso VII, el Emperador, que al narrar las fiestas que celebraron la boda de su hija bastarda dice: "Alii latratu canum ad iram provocatis tauri, potento venabulo, occldebant." De este pasaje parece deducirse que el uso de los perros en esta ocasión se redujo a que excitaran la bravura del toro con sus ladridos.
Un testimonio de la costumbre de usar perros en fiestas taurinas entre los árabes, me comunica mi doctísimo amigo don Emilio Garcia Gómez, procedente de la crónica de los Reyes de Granada, de Ibn-al-Jatib. Cuenta que el sultán de Granada, Muhammad V, organizó grandes fiestas con motivo de la circuncisión de un hijo suyo. Los caballeros tiraban con ballestas a blancos de madera, colocados en el espacio llamado "tabla''. Luego, feroces y grandes perros germánicos (alanos, traídos de la tierra de Alan) eran soltados contra novillos bravos, a los que mordían en las orejas y en los flancos. Cuando los novillos estaban fatigados, los caballeros daban cuenta de ellos.
Un capitel del claustro de la catedral de Pamplona (siglo XV) nos muestra una escena de toro acosado y acometido por perros, inicial de la dilatada serie de representaciones gráficas que han de reproducirla.

Capitel del claustro de la Catedral de Pamplona
Del siglo XVI es el testimonio de Argote de Molina, que en su discurso sobre el "Libro de la Montería", de Alfonso XI, describe una fiesta de toros, y como final de ella escribe: "Últimamente sueltan alanos que, haciendo presa en ellos (los toros), los sujetan y rinden."
Los testimonios poéticos de esta costumbre en el circo son numerosos. Juan Yagüe, en su poema de ''Los amantes de Teruel", al describir los lances e incidentes de una corrida, no olvida éste de los perros:
Da mil vueltas ladrando, y da mil vueltas
bramando, el perro y toro, cual sucede
al galgo y liebre cuando corre y huye,
que marros ella da, más dale mate.
Así sucede aquí, que de la oreja
trabó con tal coraje y tanta rabia
al toro, el fuerte alano, que de un sitio
no le dejó mover en cuarto y medio.
Ocasión que la gente se atreviese
a llegar a tocarle cuerno y cola,
si bien en cuatro coces hirió a cuatro.
El alano aflojó, libróse el toro
no sólo de sus dientes, mas del vulgo,
pues viendo una barrera no muy alta
por ella, dando un brinco, dejó el coso
y no fue en irse poco venturoso.
El empleo de los perros en los mataderos, como auxiliares de los matarifes o jiferos, es constante. Lope de Vega, en su “Epístola a Gaspar de Barrionuevo”, aprovecha el recuerdo de tal habilidad para una oportuna referencia:
Cuando, como el alano que a hacer presa
en los bueyes le enseña el carnicero,
las humildes orejas me atraviesa.
Del propio Lope, en “La Dorotea”, es el ejemplo siguiente, en el que no sólo se atestigua de la costumbre, sino que se la describe en dos rasgos expresivos:
“... te figuro como suda un toro en el coso, a quien han echado un alano que, con la parte que le queda libre, se va defendiendo, pero echándole otro, se rinde, y con igual fatiga los lleva a entrambos colgados de las orejas, como arracadas.”
Y como éstos, cien ejemplos. Sirva uno muy tardío, del siglo XVII bien entrado, como prueba de que la tradición literaria no se pierde, ni la costumbre, en el coso. Es de don Sebastián Ventura de Vergara Salcedo, haciendo jocosamente relación de una fiesta:
Dados a perros en fin
fueron, con ser de Jarama,
pues los dogos con sus llaves
la hacen con todos cerrada.
He mencionado la costumbre del uso de los perros en el matadero, y llegados aquí es imposible dejar de mencionar y transcribir lo que “Berganza”, interlocutor sagacísimo del “Coloquio de los perros”, de Cervantes, decía a este propósito. “Berganza: Paréceme que la primera vez que vi el sol fue en Sevilla, y en su matadero, que está fuera de la Puerta de la Carne; por donde imaginara (si no fuera por lo que después te diré) que mis padres debieron ser alanos de aquellos que crían los ministros de aquella confusión a quien llaman jiferos. El primero que conocí por amo fue uno llamado Nicolás el Romo, mozo robusto, doblado y colérico, como lo son todos aquellos que ejercitan la jifería: este tal Nicolás me enseñaba a mí y a otros cachorros a que, en compañía de alanos viejos, arremetiésemos a los toros y les hiciéramos presa en las orejas.”
No solo la conveniencia era el móvil de esta enseñanza. Hacíanlo también para pasatiempo; por diversión, que no por necesidad, empezó a practicarse en fiestas taurinas. Ofrecía entonces esta costumbre el carácter de lucha de animales que ha sido siempre espectáculo sugestivo para la plebe, con el consiguiente acompañamiento de pronósticos, y hasta apuestas, en los que interesaban el amor propio y el bolsillo, dos móviles de los más poderosos en las motivaciones de las gentes.
Los perros diputados para este efecto eran los llamados alanos (sin duda, por su fiereza, con alusión al pueblo bárbaro de tal nombre), casta española de perros de presa muy fuerte y corpulenta, de gran cabeza, orejas caídas, que suelen llevar cortadas para suprimir en la lucha entre ellos un riesgo de presa dolorosa, nariz chata y cola larga. Estos perros, usados en cacerías de reses mayores para ayuda de sabuesos y ventores, son valerosísimos y especialmente aptos para hacer presa con la boca.
Tal raza se perpetuaba en toda su pureza por la diligencia de aficionados que gustaban verles lucir sus aptitudes en estos ejercicios. En el siglo XVIII, el anuncio de tales luchas era gran incentivo para el público, a quien apasionaban sumamente. Así leemos en un cartel de 1777: “A los dos toros siguientes se pondrán dominguillos, y, después de algunas suertes, los sujetarán distintamente, a competencia, dos arrogantes perros de ciertos aficionados de esta corte.”
Cuando la lidia se va regularizando, los perros son elementos utilísimos en su organización, y han de estar en la plaza a disposición de la autoridad que preside para cuando estime conveniente su utilización. En el Archivo Municipal de Madrid he visto una obligación del vecino de Chamartín, Isidro Burgos, comprometiéndose a proporcionar perros para sujetar a los toros, habiéndosele de abonar trescientos reales de vellón por cada toro que tuvieran que sujetar. Justificaba el precio el que el lance era sumamente arriesgado para los perros, saliendo muchos muertos y heridos de la demanda. Esta obligación lleva fecha de 1795.
A pesar de llenar tan importante función en la lidia, seguía el público gustando de la lucha tan sólo por el placer de la pelea que, a veces, empresarios embaucadores complicaban con otras garambainas que hicieran más distraído el espectáculo. Así en este cartel, correspondiente al 7 de febrero de 1802: “Concluido este espectáculo, seguirá otro no menos digno del aprecio y competencia del público, tanto por lo raro de su invención como por ser un objeto extraño, y acaso nunca visto en dicha plaza: se reduce, pues, a presentarse en ella a sujetar el primero de los novillos una arrogante perra de presa, conocida vulgarmente por la del Cerrajero, cuya escena no puede menos de hacer más completa la diversión, al ver a la citada perra arrojar de sí varios fuegos artificiales de que irá vestida, sin que sus efectos sean capaces de intimidarla, ni retraerla de la idea que se propone en su lid de sujetar al novillo.”
Lo mismo corrobora esta advertencia del cartel del 7 de noviembre de 1814, en que está clara la intención de ofrecer los perros a una lucha, más que utilizarles como un recurso taurino: “Con el objeto de hacer más lucida esta función, por ser la última, y que el público logre la satisfacción que se apetece, se ha dispuesto que al toro que le parezca al magistrado se echen dos valientes perros de presa, que una persona bien hechora de los hospitales franquea a dicho fin; en inteligencia de que, además, estará de reserva una perra, también de presa, por si se desgraciare alguno de los dos perros, que se soltarán en la forma acostumbrada.”
Señalan estos años del primer tercio del siglo XIX el momento de crisis de esta costumbre, en el que el público pugna por disfrutarla sin más razones que la diversión que de ella deduce, y, en cambio, la lidia de toros quiere justificarla reservándola para sus fines, fuera del capricho del público. En los carteles aparece ya consuetudinariamente que los perros se usarán según el arbitrio del magistrado que presida, y en algunos aparecen advertencias más explícitas, como en el siguiente de 21 de octubre de 1816: “Estarán prevenidos dos excelentes perros de presa, que un bienhechor cede gratuitamente a beneficio de los hospitales, para sujetar, a elección del magistrado, el toro que señale en la corrida de la mañana, con el bien entendido de que se soltarán, según costumbre; y cuando por una casualidad impensada no se consiga el fin, habrá prontas otras dos perras, no menos valientes que los primeros, para continuar la lid; y en el caso de que los cuatro salieren sin lesión, se reservarán para que el magistrado pueda destinarlos en la corrida de la tarde al toro que lo exija”.
Dura mucho tiempo la preferencia del púbico por el espectáculo de la lucha, y llega a tal extremo en sus ruidosas exigencias, que en 1835 la Junta de Hospitales se queja del abuso de los perros con estas notables razones: "La Comisión ha meditado y visto con sentimiento que, aplicada esta condescendencia para todas las corridas, no podrá menos de producir la ruina de las funciones, pues vendrían a convertirse en una lucha continua de toros y perros, imposible de sostener por la falta de éstos y porque con ella dejarían de existir en mucha parte las suertes de picar, banderillear y matar cometidas a los lidiadores, y por la que asiste al espectáculo la mayor parte de los concurrentes."
No cayó esta queja en el vacío. Con fecha de 16 de septiembre de ese año, el marqués de Pontejos, en un oficio, fija la doctrina de que los gastos ocasionados por echar los perros a un toro que ha cumplido reglamentariamente debe pagarlos el presidente, ya que su misión ha de consistir en cumplir escrupulosamente cuanto previenen los carteles.
En varias de estas advertencias hemos visto que se anunciaba que se echarían los perros según costumbre. Se hacía, en efecto, generalmente, con cierto orden, soltándoles de dos en dos o cuando más de tres en tres, según la corpulencia y condiciones de los perros y del toro, substituyéndose los inutilizados por éste hasta que conseguían sujetarle, haciendo presa en las orejas y otras partes del cuerpo de la res.
Una revista de toros de Barcelona de 1857 se lamenta del desorden con que echan los perros a un carriquiri: “Debemos decir que les arrojaron en número excesivo, casi todos a un tiempo, y no de dos en dos como es costumbre en toda plaza bien dirigida.”
Los reglamentos solían contener preceptos sobre ello. Así en el de Madrid de 1868 se escribe en su artículo 7.°: “Solamente en el caso de que un toro sea tan malo que no tome ninguna vara, se usará de la jauría de perros, que a este efecto habrá preparada en la plaza... Las jaurías constarán de doce perros... Los perros estarán divididos en cinco grupos: dos de a tres, y tres de a dos. Los de tres entrarán los primeros en lid; si el primero no hiciese presa bastante para sujetar la res, el presidente dispondrá la salida de uno o más grupos, haciendo la oportuna señal con un pañuelo verde.” El puntillero, a continuación, colocado detrás del toro, había de herir a éste por las costillas con un estoque, rematándole con la puntilla. De las ocasiones en que debía usarse de los perros nos instruye el citado reglamento y aun mejor, ya muy avanzado el siglo XIX, “El Tábano”, que en su número del 1 de abril de 1872 establece esta gradación: “Los perros de presa se han establecido para los toros enteramente mansos. Las banderillas de fuego para aquellos que huyan del caballo, pero acudan al capotillo de los chicos, rematando la suerte, y la media luna, para desjarretar al toro que no ha podido ser muerto por el estoque del diestro respectivo.” Este recuerdo se hace entonces por estar viciada la costumbre, pidiendo que se restablezca en su pureza. No todos los aficionados gustaban del espectáculo de los perros, y menos, a medida que el interés por el toreo iba subiendo de punto.
En 1853, “El Enano” protesta de esta costumbre, afirmando que “se les priva de la suerte de espada, que es la que más se desea ver; en cambio, de la otra, cuya inhumanidad e insulsez al mismo tiempo habrían sido bastantes por sí solas para haber hecho ya que se hubiese desterrado del circo para siempre. A un toro cobarde, banderillas de fuego hasta rendirlo y destrozarlo, y en seguida la muleta y el estoque”. La costumbre con estos ataques empezaba a declinar. Influyó en ello la pelea que el toro “Brocho”, de Aleas, lidiado el 9 de septiembre de 1849 hizo con los perros, matando tres, inutilizando cuatro y estropeando doce, y no logrando sujetarle, por lo que no se consintió intervenir al cachetero, que en otro caso semejante del mismo año había actuado alevosamente, perdonándose al toro la vida. Con todo, y anunciarse en los carteles la substitución de los perros por banderillas de fuego, seguían usándose. En Barcelona, en 1857, salían los perros con las cuadrillas, adornados con ricas gualdrapas.
De 1858 es el siguiente curioso relato de “El Enano” de una de estas luchas de perros: “Los que se encargaron de arrojarles, lo hicieron con tal precipitación y tan poco orden, y el bicho sabía defenderse con tanto tino de sus enemigos que, a pesar de hallarse rodeado de doce perros que solo le hostigaban con sus ladridos, no se rindió hasta que llegó el refuerzo de un valeroso perro negro, que se lanzó sobre él desde lejos, no soltó, la presa y alentó a sus compañeros."
Poco después se suprimían en la lidia. En Barcelona, uno de los sitios en que más tardíamente se toma tal medida, se inserta esta advertencia en el cartel de 9 de septiembre de 1860: “Por orden de la autoridad quedan suprimidos los perros, y en su lugar se darán banderillas de fuego.” No quiere acabar la costumbre, y aun en 1864 aparece este suelto en “El Enano”: “Según nuestras noticias, se establecen perros de presa para los toros mansos. Entiéndalo bien el público; sólo para los toros que sean mansos, y no para cuando se quieran pedir.” En 1868, como se ha visto, aun se reglamenta el uso de los canes. De todos modos, la suerte desfallece. El mayor cuidado en el afinamiento de la casta de los toros hace inútil la intervención de los perros, si ésta ha de contenerse en sus límites reglamentarios. En un anuncio de la plaza de Sevilla de 1883 veo por última vez reiterada la prohibición. Poco tiempo después pasa a la historia, y sólo permanece su recuerdo, mera arqueología taurina.
FUENTE:
Biblioteca Virtual de Prensa Histórica – Ministerio de Cultura
LA REVISTA (semanal) SEMANA - Madrid, 9 abril 1940:
SEMANA tiene a gala ofrecer este anticipo de “Los Toros", como un verdadero brindis de inestimable valor.





























