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CASIANO HERNÁNDEZ - Primer empresario de la Plaza Vieja de Madrid

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EL PRIMER EMPRESARIO DE LA PLAZA VIEJA DE MADRID - Año 1874

Se llamaba Casiano Hernández, se hizo popular por su generosidad y su humorismo y por las faltas de ortografía en un aviso, en el que ''disponía desaparecer el Sol". 

De todos los empresarios que tuvieron en explotación la Plaza de Toros vieja de Madrid, últimamente derribada, y de la que aún existen vestigios en el lugar donde se hallaba, el que más popularidad alcanzó fue Casiano Hernández.'' Buena prueba de esto es que, a pesar de los muchos años transcurridos, sigue recordándosele con deleite por los viejos aficionados.

Hombre en extremo pintoresco, tuvo que complacer en sus muchas exigencias a Lagartijo y Frascuelo, y como primer empresario del susodicho palenque, señaló normas que otros posteriores utilizaron.

Casiano Hernández habla nacido en Magán, pueblo de la provincia de Toledo. En un principio, pastor y vaquero, ya en Madrid, abrazó el oficio de carnicero, siendo después abastecedor de carnes.

Hallábase por todo ello especializado en la compra y venta de ganado vacuno, conocimientos muy ventajosos para dedicarse a la organización de espectáculos taurinos.

En el año 1873, y cuando ya estaban muy adelantadas las obras de la inolvidable Plaza, se hizo público, el 29 de noviembre, el pliego de condiciones sacando a subasta el arrendamiento del taurómaco inmueble, siendo el tiempo del arriendo desde Pascua de Resurrección de 1874 hasta el Sábado de Pasión de 1880, en la cantidad de 510.000 pesetas, a razón de 85.000 anuales, pagaderas por trimestres adelantados.

EJ 29 de diciembre del expresado año 1873 se celebró la subasta, presentándose pliegos, con arreglo a las condiciones establecidas, por don Cándido tara, el después famoso empresario teatral; los señores Chacón, Torrijos, Casiano Hernández y Manuel Blanco Ocaña, adjudicándosele a este en el remate el arriendo por haber mejorado su pliego en la cantidad de ¡diecisiete pesetas!

Ya fue ésta la primera habilidad del inolvidable empresario, porque Blanco Ocaña era hijo político de Casiano, y ambos de acuerdo, habían presentado dos pliegos para que no se les fuera de las manos el negocio.

Oficialmente empresario del flamante coso Manuel Blanco Ocaña, éste otorgó un poder a favor de su suegro.

Verificada la entrega del inmueble a Blanco y a Casiano con las formalidades del caso, ocultóse aquél tras de la cortina, y Hernández empezó a dar el pecho, y el dinero, para poner en marcha el negocio.

¿Lo primero que hizo? Tomar en arriendo los prados de La Muñoza, dehesa cercana a Madrid, muy ligada a los destinos de aquella Plaza—y que otros Empresarios posteriores siguieron utilizando—, para tener en aquélla un considerable número de reses pastando, dispuestas a ser lidiadas con el peso y el trapío necesarios.

Faltábale al empresario toledano el ojo izquierdo, por habérsele vaciado, siendo vaquero, una res desmandada, por cuvo motivo no quiso nunca colocarse, delante de un objetivo fotográfico.

Pronto se presentó en Sevilla y Colmenar, modestamente vestido, pero con el cinto bien repleto de onzas de oro.

Como en aquella época los ganaderos eran los que iban detrás de los empresarios la presencia en la ciudad del Betis del nuevo de la Plaza madrileña despertó entré aquéllos una enorme curiosidad, porque su indumentaria y su manera de expresarse no estaban muy a tono con la importancia del negocio que allí le llevaba.

Hallándose en un café de la calle de las Sierpes, alguien dijo a Casiano que el famoso criador de reses bravas don Joaquín Pérez de la Concha había tenido palabras despectivas para él, llamándole «tío ordinario».

Ignorante el ganadero del soplo, pretendió que Casiano le comprase unas corridas, y e empresario le contestó que no le interesaban sus toros porque eran «muy ordinarios».

Comprendió entonces Pérez de la Concha la jugada que le habían hecho otros ganaderos para perjudicarle, y tan a pecho tomó Casiano lo ocurrido, qué tardaron bastantes años en lidiarse cornúpetas en Madrid del criador andaluz.

Esta otra anécdota pone de manifiesto el humorismo de Casiano.

Encontrándose en Colmenar Viejo tratando con otro ganadero, y dudoso éste de que Casiano fuera el auténtico empresario madrileño, le preguntó, para ver lo que contestaba, si no eran tres los que tenían en arriendo la Plaza de Toros, replicando seguidamente:

«Sí; son tres. ¡Casiano, el tuerto y yo!»

Otras muchas podíamos relatar de aquel popular empresario, porque su gracejo era singular; pero no lo hacemos porque la lista seria interminable.

Bastante se comentó, y aún se comenta en alguna ocasión, a pesar de lo mucho nevado y llovido desde entonces, su célebre aviso con faltas de ortografía: De orden de la «inpresa», «oy» no «ay» Sol.

Aunque Casiano en aquella regla de la Gramática estaba bastante atrasado, fue un sambenito que le colgaron.

Anunciada para el 4 de septiembre del 1874, la corrida de inauguración de la Plaza, tanto entusiasmo despertó, que apenas se abrió el despacho se agotaron las localidades de la solana.

Fué entonces cuando Casiano, para evitar aglomeraciones ante la taquilla, ordenó que se fijase el famoso aviso, escrito y colocado en el sitio mas visible por su íntimo amigo Federico Fernández, un ternerero de la plaza de San Miguel.

Llegó, por consiguiente, más allá que Josué, porque sabido es que éste pretendió parar con el dedo al astro rey, y el ternerero le suprimió de golpe y porrazo.

Era muy rumboso, y siempre procuraba tener contentos a los abonados.

Este hecho lo demuestra: El 13 de agosto de 1875, para celebrar su fiesta onomástica, organizo un espectáculo pitonudo—ahora se llaman festivales—, que fue presidido por doña Purificación Fontán, marquesa del Pazo de la Merced y esposa del gobernador civil entonces, don José Elduayen.

Asistió a la fiesta, vestido de paisano, el rey don Alfonso XII, y su hermana Isabel, princesa de Asturias, tocada con mantilla blanca.

La entrada fue gratuita para los abonados y las carnes de las reses lidiadas regaladas a los pobres.

Ardua tarea sería enumerar la serie de incidentes que tuvo con los toreros cuando todos los años, al aproximarse la temporada, empezaba a organizar el cartel de abono, porque esto de las exigencias coletudas cerca de las Empresas de la madrileña Plaza no es sólo cosa de ahora. ¡Cocieron, en todo tiempo habas!

El año 1880 terminó Casiano su gestión como empresario y no se le debió dar mal el negocio, porque cuando el año anterior la Diputación Provincial volvió a sacar a subasta el arriendo de la Plaza, reincidió, presentando otro pliego.

Pero en esta ocasión le fue adjudicado a don Rafael Menéndez de la Vega, segundo empresario, por consiguiente, de aquel circo taurino, siempre recordado con placer, teatro de la verdadera formación del toreo.

Por: DON JUSTO 

Fuente:

El Ruedo – Suplemento taurino de Marca - 08 de noviembre de 1944.