* CURRO, MI RESPETO *
Por: Vicente Zabala Portolés
De nuevo ha caído herido el diestro sevillano Curro Romero. Esta vez la cornada se ha producido justamente encima de la otra, de la anterior, de la que padeció el pasado año en Almería.
No han sido pocos los que se han sorprendido de que Curro Romero sufra cornadas, de que los toros hagan carne en la anatomía del torero de Camas. Se tiene a este hombre, para el que incluso se ha llegado a pedir la inhabilitación con motivo de alguna de sus tardes aciagas, por un tunante, un granuja o un carterista del toreo.
La fiesta de los toros, en cualquier época, se ha nutrido de una gama de estilos, personalidades e idiosincrasias, que enriquecían el espectáculo.
Se da de patadas la permanente censura a la monotonía, la rutina, el trabajo a destajo, el bloqueo de la imaginación de los hombres de coleta, y el permanente empleo del látigo para todo aquello que se escape de esa estandarización de la fiesta de los toros; señores, ¿en qué quedamos?
Curro Romero, hay que decirlo pronto, con todas sus limitaciones, con sus abulias, con su técnica deficiente, con su ánimo frágil (invito a cualquiera a reconocer algún defecto más) atesora algo que en estos tiempos merece el mayor de los respetos: la personalidad. Unos toreros se parecen a otros. Las fotografías de los diestros de hoy, vistos de espaldas, se asemejan las unas a las otras como gotas de agua. A un ciego le presentan una instantánea del torero de Camas y, sin dudarlo, dice «este es Curro».
La personalidad alcanza una cotización incomparable en cualquier faceta del arte. Curro Romero ha sido -empiezo a hablar en pasado- diferente completamente diferente a los demás. Es rotundamente falso que se trate de un camelo. La personalidad torera, las hechuras, los andares, la parsimonia en su hacer y en su estar en la plaza, le ha permitido mantenerse treinta años en la profesión. Ha visto desfilar generaciones de toreros por delante de él. Curro siempre ha sido Curro. Con sus virtudes, con sus limitaciones, que soy el primero en reconocer. Curro no es un invento de Sevilla, un capricho tonto de los sevillanos, porque este hombre lleva consigo algo raro, un no sé qué (tal vez su propia personalidad) que enardece en sus tardes de triunfo. Yo he visto a la plaza de Granada de pie, enloquecida, a la de Almería, a la de San Sebastián, a la de Bilbao y un montón de veces a la de Madrid. El año pasado, cuando se le crucificó después de su éxito con el toro de Garzón en San Isidro, la monumental de Las Ventas había sido un auténtico manicomio. La técnica quedaba en segundo plano, porque el empaque del torero, esa increíble forma de entrar por los ojos su toreo había hecho de las suyas en la primera plaza del mundo.
Treinta años en activo merecen un enorme respeto. Seis lustros de la polémica sobre las espaldas, enardeciendo o irritando, sólo está al alcance de los auténticos artistas, de los dotados del don de la inspiración.
Cuando se torea despacio, echando los engaños (muy recogido el capote, muy chica la muleta) por delante, moviendo rítmicamente el trapo, las zapatillas asentadas en la arena, el pecho fuera, los toros, cuando cogen así, hieren de verdad. Hay diestros que matan todos los años las camadas enteras de Miura y Victorino sin sufrir un rasguño. El medio pase, la finta, el regate, la pala del pitón, suelen ser el recurso de los «tumbatoros» de ayer y de hoy. Son recursos lícitos con el toro duro, bronco y difícil, recursos que también encierran su mérito, porque antes es preciso pasar por el trago psicológico de ponerse delante de los astados que otros hacen ascos. Pero ello no resta un mínimo de importancia a quienes, como este Curro Romero, operado y reoperado, convalece en Sevilla y comienza a pensar en serio en su futuro.
El día fatal de la decisión última, la cuna del toreo habrá perdido un trocito muy importante de su propio ser. Curro ha representado a Sevilla, a su manera, tanto como Rafael «El Gallo», Chicuelo o Pepe Luis. No comparo con nadie. Conozco la historia del toreo al dedillo y sé quién ha sido cada cuál. Curro se merece el mayor de los respetos y también mi admiración. Lo escribe quien se ha hecho aficionado a la vera de toreros de escuela, completamente diferentes a Curro en su concepción técnica del toreo; pero que sabe que la personalidad es la peana de todo artista con proyección histórica.
Fuente Documental:
APLAUSOS - Semanario Taurino - Valencia, 26 de julio de 1982.