
UN COLEO
Por: Antonio Díaz-Cañabate
Hablaremos hoy de algo que tampoco se ve ya en loa ruedos. Del coleo. No podemos definir el coleo como una suerte; es sólo un quite forzado, la forma de llevarse al toro encelado con un caballo o de librar al picador caído de un percance cuando el capote es inútil y el riesgo acucia y no admite ni espera el recurso de lance alguno. Entonces el matador arroja su capa, que de nada le sirve, y se agarra a la cola con ambas manos y hace recular o revolverse al toro, impidiendo su acción. El coleo, a pesar de ser algo tosco, no deja de tener belleza.
Los toreros antiguos lo practicaban muy a menudo. Los que llevamos viendo toros más de cuarenta años hemos visto coleos en regular número. El último que presencié, hace dos o tres temporadas, acabó de manera grotesca. El coleador lo hizo tan a conciencia, que al tercer tirón del rabo dio con el toro en el suelo, y tan fuertemente se había agarrado al rabo, que lo conservó entre sus manos, y con dos o tres tirones más consiguió levantarlo. El torero no era un hércules precisamente; era tan alfeñique como el torito.
Ni que decir tiene que hoy los coleos son absolutamente innecesarios. Y es una lástima que no pueda gozarlos la actual afición, porque insisto en que muchos de ello eran impresionantemente bellos. En las «Memorias del tiempo viejo» del escritor taurino malagueño Aurelio Ramírez Berna, que firmaba sus trabajos con las iniciales P. P. T., encuentro esta somera y sugestiva descripción de un coleo realizado por «Curro Cúchares». Hela aquí: «Asiendo al toro con lo mano derecha el pitón de igual lado y con la izquierda la cola, sacóle del sitio de peligro girando con él en rápidas vueltas, y cuando se halló en terreno distanciado distanciado, soltóle, y cuadrándose cruzado de brazos, hizo un mohín de soberano desprecio. Atronadoras palmadas premiaron la destreza y arte de aquel torero asombroso.»
Y uno se figura la arrogante figura de «Curro» Cuchares. No importa que fuera gordo. Los toreros han sido gordos hasta haca relativamente poco, y la grasa no les impedía ni la agilidad, ni la elegancia de sus movimientos al qué naturalmente poseía distinción. «Curro» Cuchares, uno de los primeros toreros ratimagueros de la historia del toreo, era juncal, marchoso y airoso, y nos lo representamos cruzado de brazos, vencedor del coleo y del toro, despreciándole con altivez. ¡Igualito que ese coleo que les he contado a ustedes!
Aunque no se refiere al coleo, creo me agradecerán que les dé noticia de otra proeza realizada la misma tarde en la Plaza de Málaga, el 28 de agosto de 1847. Una vara del piquero Joaquín Coyto, «Charpa». Asi nos la cuenta P. P. T.: «Salió a los medios «Charpa», desafió al loro, y cebando bien la puya en el morrillo de la fiera, dio comienzo a una suerte de regateo sublime por lo bárbaramente hermosa. El toro, celoso por coger y usando de su bravura y poderío, hizo recular paso a paso al caballo y jinete, hasta que, en soberbio grupo, llegaron a las tablas; en éstas, la caída era peligrosa, y reuniéndose más bien y apretándose con soberano esfuerzo, hizo doblar el cuello al toro el victorioso «Charpa», y la res salló despedida por delante del caballo y sin herida de éste. Fue locura; fue delirio el que se produjo en los espectadores, que asombrados, habían visto aquella suerte de picador maestro. A una exclamaron que se le diese el toro a «Charpa», y así le acordó el presidente. El mérito singular de esta vara lo acreditan más aún el que el diámetro del redondel es de 80 varas de longitud (más de 70 metros). Sostener la pujanza del toro en una trayectoria de 40 varas (es decir, unos 35 metros que se dice pronto), ganando, al fin, la palma el diestro «Charpa», lo eleva a éste al lugar de los héroes.»
¿Ustedes se han dado cuenta de lo que representa sostener treinta y cinco metros el empuje de un toro de gran poder sin que le toque al caballo? Le dieron el toro, esto es, su importe en carne. ¡Y pensar que ahora oímos por los tendidos pedir el toro para un matador por unos cuantos pases de muleta prodigados a un torito sin fuerza, por parecer poco las orejas, el rabo y las patas!
No se vaya a creer que el coleo, dadas sus características, carecía de peligro. Recuerdo un coleo de «Relampaguito», torero almeriense, valiente pero torpón, que le costó salir por los aires a buena altura; el toro, en cuanto notó libre su rabo, se revolvió como una centella, y sin darle tiempo a «Relampaguito» para poner pies en polvorosa, le empitonó y mandó a las alturas como un pelele, castigo a la balandronada que supone tirar del rabo a un toro con toda la barba.

Los toros con toda la barba admitían pocas bromas. Desde luego, el coleo no se podía considerar como una chufla, pues salvaba muchas situaciones de auténtico peligro cuando los toros, ciegos y enconados en su furia, no hacían caso de capotes y el picador se encontraba preso por la mole del caballo, expuesto a que uno de los derrotes le alcanzara. El coleo, indudablemente, tenía su belleza.
BDCYL – EL RUEDO – Suplemento Taurino de MARCA – Madrid, 25 de diciembre de 1952





























