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* ARTE DE PAREAR * Por: Fernando Quiñones Chozas

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ARTE DE PAREAR  

 "Asomarse al balcón" es, en términos taurinos, lo que mejor puede decirse del trabajo y del arte de banderillear. Ese dramático "balconeo", practicando con el toro de pujanza, pies y pitones, es suerte de una intensidad y una belleza a la que muy pocos momentos de la lidia aventajan o igualan. Durante un segundo, en el que se confunden la gracia y la muerte, la vista y el riesgo, en alto brazos y manos como en un arrebato de baile flamenco, el banderillero de temperamento se encuna sobre la cuerna mientras sus plantas vuelan de la arena y el mismo apoyo que le prestan los palos clavados en todo lo alto, presta a su cuerpo el impulso necesario para esquivar el derrote.

Bien mirado, el arte de parear —sobre todo el de parear como Dios manda— encubre un peligro más acentuado que el de manejar la capa y la muleta:

Acaso el mayor peligro con el que los toreros han de enfrentarse, excepción hecha, tal vez, del momento de entrar a matar con agallas y por derecho ese momento tan semejante al de banderillear por todo lo alto en cuanto respecta a descubrir el cuerpo, a abandonarle un instante al viaje de los pitones.

En realidad, el banderillero no cuenta para su defensa con ningún elemento ajeno a él; no hay "engaño", no hay algó vistoso, amplio y movedizo —el capote, la muleta— que embarquen al animal y lo distraigan del torero. La rapidez de piernas y el buen cálculo son los únicos factores con que el banderillero cuenta y están lejos de presentar las ventajas de que el capoteador y el muletero se valen. La simple contemplación de unas fotografías —las puntas a cuatro dedos del mentón, la cabeza y el cuello prepotentes del toro lanzados en alto por los remos, la fragilidad aérea del hombre inerme frente a la masa oscura de la bestia al ataque— basta para convencernos en su inmovilidad (más expresiva de ese instante que la realidad misma de que el banderillero le busca las cosquillas a la Muerte con un arrojo y una indefensión superiores a cualesquier otros indefensión y arrojo de los que, desde que el toro pisa el ruedo, se prodigan en la plaza.

Los detractores de la Fiesta no pueden esgrimir, entre sus razones, el hecho de la permanente ventaja del factor humano frente al toro, y la sola relación de banderilleros heridos o muertos en pleno ejercicio de su momento esencia niega esa ventaja; no hay más que consultar aquel número extra de la prestigiosa revista "Indice", en el que Serafín Pro Hesles historiaba, en una ágil y completa "Crónica negra", la legión de peones caídos...

La agilidad, la vistosa alegría del arte de parear según mandan los cánones, disimulan notablemente ese riesgo máximo al que hemos aludido; una sensación de facilidad, de equívocos, mando y dominio del hombre, envuelven al espectador que presencia la ejecución de un buen par de banderillas; quizá en otros momentos menos brillantes, el banderillero, ese fiel y oscuro colaborador del maestro de turno, parezca más expuesto y algunas veces, incluso, lo esté, porque los azares de la lidia son incontables y cambiantes. La espléndida "Oda a los subalternos"", de Gerardo Diego —el sillón más taurino, con el de José María de Cossío, entre los de la Real Academia Española—, da una clara idea, a través de la poesía, de cuanto la palabra "banderillero", aplicada al ayudante y no al matador que banderillea, encierra de grande y de abnegado. ¡Y cuántos banderilleros no habremos visto todos, en un par de capotazos magistrales, ponerle fáciles las cosas al espada de turno! "Rápido y traserito" aconsejaba siempre Manolete a los hombres de su cuadrilla en el momento de parear. Es decir, que colocasen los palos pronto y bien atrás del lomo. Pronto y bien atrás. Como decir inadvertida inadvertiblemente. Así, el trabajo, arte, el papel, modestos y básicos del banderillero que lo es de veras.

 

Por: Don Fernando Quiñones Chozas

BDCYL - Semanario Gráfico de los Toros – El Ruedo – Madrid, 15 de febrero de 1972