* QUITES *
Por: J. Sánchez de Neira
La oportunidad para hacer los “quites” a la gente de a caballo y a la de a pie que se ve en peligro, es una de las cualidades más esenciales en todo lidiador, y la que en muchas ocasiones denota en él gran conocimiento del arte, excelente vista vista y previsión y generosos sentimientos. No puede intentarlos nunca un hombre tímido que piense más en sí que en sus compañeros, porque el instinto de conservación propia ha de obligarle a ser tardío e ineficaz: no debe pensar en hacerlos bien, el que no tenga dominio absoluto sobre sí mismo para doblegar su voluntad hasta el punto de inclinarla, no al lado que más le guste, si no al que más convenga en el momento crítico y determinado; y no puede ni debe acudir a un «quite» quien no tenga conocimiento exacto de su profesión, y aun de la índole y condiciones del toro que ha de apartar del peligro. De todo lo cual se deduce que hará mejores quites, más oportunos y de mayor efecto, el torero que más se aproxime a la perfección, que cualquier otro que, aun practicando determinada suerte con mejor arte, sea menos inteligente en la ejecución de todas ellas, abarcando limitadamente el conjunto de las mismas.
Más claro: un excelente banderillero puede ser mal espada, y un espada, que por lo general sea atinado al herir, puede ser hombre para quien el capote en los «quites» sea estorbo perjudicial, a pesar de un buen deseo. Esto, que no es nuevo, autoriza a creer que antes de tomar la alternativa de matadores, debieran los toreros ser muy duchos en el manejo del capote «a pie quieto», no fiando a las piernas la salvación del individuo.
Son, pues, los «quites» actos importantísimos del toreo, que aunque no constituyan suerte definida, implican grande competencia en el que bien los ejecuta, y pueden reportarle crédito y fama merecidos ¿Hay nada que arranque aplauso más espontáneo que cuando a un hombre perseguido por el toro que avanza con tanta rapidez como la que aquél va perdiendo en la carrera iniciada, y ver que, casi alcanzado, poco menos que encunado, se interpone entre ambos un capote oportunamente dirigido, mercad al cual cambia el animal de rumbo y el hombre queda salvado? Ciertamente que no. Pero para este caso, como para todos, es necesario saber cómo y cuándo es el momento de hacer ese quite; porque no dará buen resultado querer alcanzar al toro corriendo tras él, ni llamándole para que atienda a otro lado, en cuyos casos créese el animal perseguido a la vez, cocea y rara vez se vuelve. Precisa entonces salir a su costado y taparle con el engaño, y el éxito es seguro, puesto que ve un objeto tan cercano que le hace perder la vista del que perseguía.
Más sencillos son los quites que ahora hacen los espadas al situarse en el centro de la Plaza, llegado el momento de que los banderilleros vayan a parear. Antes no salían los matadores de asistentes al acto, porque los peones antiguos ponían rehiletes en todos los terrenos y cualquiera que fuese la situación del toro: ahora son necesarios, pues sin ellos veríanse aquéllos apurados en todos los casos en que llaman al toro y éste va, que quieren que no venga, sino que esté quieto y clavado si fuese posible. Basta para este «quite» casi siempre soltar a la larga el capote, y cortar el viaje al animal, que se para asombrado.
La parte más principal, la que con más razón se ha llamado siempre «quite» es aquella que se hace en la suerte de varas. Es de varios modos y voy a describirlos brevemente.
Para que el toro no recargue sobre el caballo más de lo que permita al picador echársele por delante, el capote es un poderoso auxiliar, y la suerte, ejecutada por dos entendidos diestros es de las más bonitas del toreo. Un picador apoyando la vara en el morrillo del animal, al tiempo mismo que hace girar con la mano izquierda el caballo que monta para librarle del hachazo, y un hombre a pie que incita la salida de la res, extendiendo a lo largo el capote hasta tropezar en el hocico de ella, es un cuadro digno del pincel de Ferrant y del lápiz de Perea. Rara será la colección de láminas taurinas en que no figure dicha suerte en primer término. Debe, pues, hacerse ese quite, exclusivamente con «largas» o sea con el capote extendido, tomado de una punta, porque es la postura natural, la más airosa y da tiempo a prevenir una mala o contraria salida del toro.
Yo condeno el sistema de abrir el capote a dos manos para hacer el quite a un picador que no ha sido derribado, y también para el que habiendo caído, la fiera le ha abandonado y salido poco menos que huyendo; porque si no hay peligro, si no hay que quitar o salvar ningún inconveniente, ¿a qué torcer el viaje de la fiera, que sale asombrada de la suerte? Quisieran en estos casos los espadas obtener aplausos, que sólo prodigan los ignorantes, por dos o tres verónicas, que recortando al toro a fuerza de correr a situarse fuera de cacho, le dejan parado; pero si quieren pararle, ¿por qué no dan esas verónicas a pie quieto y como el arte manda? Dejen al toro franca la salida, como las leyes del toreo exigen, y no quieran pase como «quite» lo que no lo es, puesto que significando en tauromaquia la palabra quitar, apartar, impedir que el toro arremeta contra el que tiene cerca como objeto de su fiereza, bien se comprende que cuando sigue su viaje natural, apartándose de todos los bultos, no hay tal quite, porque el apartamiento es voluntario. Insisto en esto, porque da ira ver cómo se trata a los toros para destroncarlos, y lástima la impasibilidad de los ganaderos al presenciar la lidia que hoy se practica.
El quite verdadero, el quite de mérito, es aquel en que derribado al suelo el picador, se le ve esperando con angustia la cornada, sin poderse mover ni evitarla, al toro pegajoso corneando al jaco con codicia, y a todos los espectadores siendo presa de un terror y de un anhelo fatigoso, hasta que la capa del espada cubre la vista de la fiera y aguantándola de cerca sus derrotes, poco a poco y paso a paso la lleva empapada en los pliegues del trapo, hasta apoderarse de ella, consintiéndola con su cuerpo, y salvando, con gravísima exposición de la propia, la vida del compañero desvalido. No hay con qué pagar un quite de esta clase, y para ejecutarle ni deben pedirse observancia de reglas marcadas, ni respetarse jerarquías. De cualquier modo, que se arroje el capote a la cara del toro, de frente, de costado, liándosele al testuz, hágalo el primer espada o el último banderillero, o todos los que cerca estén, siempre será bien ejecutado, si se consigue el fin apetecido; que la vida de un hombre es ante todo. Por eso aplaude el público actos, que no existiendo aquel peligro, no puede tolerar, como son el coleo innecesario, y la intervención de los peones en atribuciones propias del espada; y yo me permito aconsejar a los toreros, que en casos tales, evitando todo barullo, pero demostrando eficacia, ayuden y estén muy a la mira del compañero que arranca la fiera del sitio del peligro, porque haciendo este quite de cara a la misma, tiene que ir retrocediendo cuanto aquella avance, y no es lo mismo ir perdiendo terreno que ganándole, ni fácil atender a la colocación que se ocupa en el ruedo, ni si en él hay otros inconvenientes que puedan acarrear un percance.
Como síntesis de este artículo puede decirse: que no intenten acudir a los quites los toreros que carezcan de valor ni los que, manejen mal el capote; que no se corra tras de los toros que persigan a un diestro, si no que para hacer el quite se interpongan de frente o de costado: que no son «quites» sino abuso detestable las medias verónicas movidas, que impiden al toro, después de recibir el puyazo, seguir su viaje natural, ya por ellos iniciado, y que para los quites de compromiso, de aquellos en que por hallarse al descubierto un hombre, es necesario apelar a todos los medios, en el primer momento ha de seguirse el impulso del corazón, y luego, que dirija la cabeza.
Por: J. Sánchez de Neira
Fuente Documental: Junta de Castilla y León - Biblioteca Digital Castilla y León. Este artículo se publicó en LA LIDIA (Revista Taurina) Madrid, 26 de agosto de 1889.