LOS TOROS, DE UNO EN UNO
Hace ya muchos años se celebraba en Jaén una novillada, en la que tomaban parte como matadores «El Malagueño», «Bocanegra» y «Costillares», diestros estos dos últimos que nada tenían que ver con los muy famosos de iguales apodos en más remotos tiempos.
Hacía mucho viento; en el ruedo se formaban espesos torbellinos de polvo que dificultaban la lidia; al salir uno de los novillos se emplazó y empezó a escarbar, tirándose la tierra por los lomos, y no hay que decir que la nube formada a su alrededor puso en reserva a los toreros.
Nadie se atrevía a tirar el primer capotazo, hasta que Manuel Pardo («El Pincho»), un banderillero sevillano, bastante corto de vista, se decidió a hacer la hombrada y hacia el toro se dirigió; pero en vez de extender la capa al animal, la extendió a la polvareda, suponiendo que allí se encontraba aquél, y entonces, al acometerle el bicho, que se hallaba en otro lugar, le alcanzó, volteó y dejó sin sentido sobre la arena.
Y cuando volvió en sí, en la enfermería, sus primaras palabras fueron éstas:
—¡Se necesita tener malas tripas, para soltar dos toros a la par!





























